Mi aldea del alma | Pese a mi mala salud y complexión enfermiza cuando era niño, me buscaron utilidad y me especializaron en andar con el ganado
25 oct 2025 . Actualizado a las 05:00 h.Los niños de mi infancia, a la edad de 7 u 8 años, ya ayudaban a los mayores en muchas labores del campo, lo que daba lugar a la célebre frase: «Xa gana o que come». Por supuesto, siempre había excepciones, y en mi familia era yo, que, debido a mi mala salud y complexión enfermiza, no podía hacer trabajos que exigieran demasiado esfuerzo.
Incluso así, me buscaron utilidad, y como no podía con el sacho, me especializaron en andar con el ganado, bien dirigiéndolo cuando tiraban del carro o del arado, o bien llevándolos a pastar, cosa que me gustaba hacer y que creo hacía muy bien. Estaba muy sincronizado con las vacas y con los bueyes, no así con la «besta», la yegua, que no sé si por inteligente o por maldad, su comportamiento era distinto según la persona que la llevaba. A mí, por ser niño, solo me obedecía cuando le enseñaba la vara.
Llevaba a pastar a nuestros pinares, unas fincas cerradas con un valado, cuatro o cinco vacas, otras tantas ovejas y la yegua. Para hacer el trayecto iba montado en la yegua. Al llegar a destino, a la vaca más inquieta y revoltosa del grupo le ponía una péga, que era una traba hecha de un madero en forma de Y, que llevaba dos agujeros, por donde entraba un pasador para sujetarla a una de las patas delanteras del animal, lo cual le impedía saltar el valado y salir de la finca. La yegua la ataba a un pino por el bozal y, con mucho cuidado, porque podía soltar una coz, le ponía la solta, que era una cuerda corta que ataba la pata trasera y delantera del mismo lado. Esto le permitía moverse, pero le impedía también dar cualquier salto.
Allí pasaba yo (y los animales), tres o cuatro horas, medidas sin reloj. Me orientaba por el sol. Si era por la mañana sabía que, si con un paso normal pisaba la sombra de mi cabeza, eran las doce, hora solar. Y si era por la tarde, me fijaba por detrás de qué monte se iba poniendo el sol. Los días que no había sol, supongo que me fiaría por mi cansancio y mis ganas de volver a casa.
Aquellas largas jornadas, muchas de ellas lloviendo, las pasaba jugando con la ayuda de una navaja, buscando nidos de pájaros y, si había un riachuelo cerca, con los renacuajos o las libélulas.
Pasé miedo en algunas ocasiones, pero la peor fue el día que me visitó el lobo, en el monte da Costa. Esta historia, que todavía hoy me pone la piel de gallina al recordarla, sucedió sobre el 1950. No sé la edad que tenía, pero menos de 12 años, ya que todavía vivíamos en la casa donde nací.
Ese día, al poco de llegar a la finca, vi como las ovejas pasaban corriendo por delante de mí, huyendo en estampida, saltaban la cancilla y se iban por el camino. Las vacas levantaban el rabo y resoplaban, juntándose unas con otras. La yegua relinchaba y soltaba coces en todas direcciones con la pata que no tenía trabada. Entonces vi el lobo a unos 10 metros de mí, enseñando los dientes, casi inmóvil. Era viejo, con un pelaje blanquecino, y supongo que por ello debía haber abandonado la manada. Con movimientos lentos, me acerqué a la yegua, le puse el bozal, le saqué la solta e hice lo mismo con la péga a la vaca. Ya fuera de la finca, de un salto me subí a lomos de la yegua y salimos a toda prisa. Por el camino debí sentirme más seguro y gritaba a todo pulmón: «O lobo! O lobo!». Nadie me oyó. Llegando ya a casa me encontré con las ovejas, las metí en la cuadra, igual que las vacas y la yegua, y fui a contar lo sucedido a mis padres.
Se hablaba mucho del lobo, pero hacía muchos años que no se veía por Fornelos, y la noticia corrió de boca en boca por el vecindario. Creo que nadie dudaba de lo que yo contaba, pero tuve la suerte de que un vecino de Gundar o Aprazadorio dijo que él también había visto un lobo muy viejo pocos días antes. Tenía que ser el mismo. Con ello apoyó la veracidad de mi historia, por si alguno creía que era una fantasía, y nadie me llamó el pastorcillo mentiroso.