Viviendo solos: «O día está ben, pero a noite é moi triste»

Los hogares unipersonales del entorno rural sufren doble soledad: la de la casa y la del pueblo, cada vez más vacío

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Carmen y Francisco, dos maneras de vivir en soledad Ella vive en un entorno rural, él, en plena capital gallega, ambos están sin compañía pero llevan vidas muy distintas

zas, santiago / la voz

Uno de cada cinco gallegos vive solo. Más de la mitad son personas que ya se han jubilado y ven pasar la vida en soledad sin muchas posibilidades de cambiar una situación que, mayoritariamente, no les gusta. Aunque cada uno afronta la soledad con un ánimo distinto, hay un hecho incontestable: a la falta de compañía en casa, los que la viven en el medio rural suman el verse cada vez más solos ya que, además de no compartir su casa con nadie, el entorno en el que viven está igual de desierto o en camino de estarlo. Veamos en primer lugar el caso de Carmen, una mujer menuda que cumplirá 80 años esta semana y que vive sola en una casita blanca en el Concello de Zas. Hace tres años que enviudó del hombre con el que compartió su vida y con el que crio a dos hijas. Juntos levantaron un negocio, ampliaron la casa que heredaron, tiraron por la familia... Pero todo eso pasó y ahora la señora Carmen no tiene casi nada que hacer: «Levántome ás 9, almorzo e tomo a pastilla da tensión. Logo vou darlle de comer aos gatos, fago algunhas labores, prendo o caldeiro do lume e... En inverno non hai moito que facer». Así que Carmen pone la tele y se deja llevar: «É a forma de ver caras, de escoitar voces». 

Francisco, hecho un pincel

Y ahora acerquémonos a la realidad de Francisco, un señor de 81 años que, pantalón de tergal, chaqueta de lana, vemos cruzar una calle de Santiago hecho un pincel. Desarrolla una vida bastante rica dos años después del fallecimiento de su mujer. Ella estuvo atada durante años por la esclerosis múltiple y él, también. Relata que no quiso ingresarla cuando las cosas se pusieron peor, ni contratar ayuda. Él la cuidó y ella murió en casa. Ahora, admite que la echa de menos, pero también que su vida ha cambiado.

Francisco vive sin compañía en Santiago de Compostela
Francisco vive sin compañía en Santiago de Compostela

Francisco se mueve mucho por toda la ciudad. Pasea con frecuencia, acude a talleres, al mercado donde compra la comida que cocina casi a diario, al bar, donde a veces juega la partida aunque dice que la disfruta más cuando viaja a Forcarei, donde tiene casa. Vamos, que no se aburre. Sus hijos lo visitan de vez en cuando y, si no, los visita él. A los nietos los va a ver casi a diario y a la tele solo le concede el «parte» y algunos partidos de fútbol: «¿Sálvame? Non, non. Non o soporto. Cando o poñen, apago a tele. Son uns impresentables».

Jorge Javier Vázquez es, sin embargo, quien gobierna las tardes de la señora Carmen, que está al día de los avatares de todo el ecosistema de ese programa. Pero lo cierto es que en el entorno apenas quedan ya vecinos y Carmen no tiene con quien jugar una partida a la brisca ni dar un paseo por los alrededores. Ni siquiera sale mucho en invierno porque tiene miedo de acatarrarse. Ha elegido pues una vida de soledad que no le gusta demasiado pero que considera inevitable: «Teño que comprender que as fillas teñen a súa vida e que veñen cando poden». Pese a todo, la señora Carmen no se engaña. «Hai xente que prefire vivir soa, pero xa lle digo que non é riqueza ningunha».

Francisco llegó a la misma conclusión: los hijos tienen su propia vida y, mientras pueda valerse, se quedará en su casa: «Prefiro non estorbar a ninguén. Ás veces, hai cousas que un fai e que non agradan». Explica que ya le pidieron que viviera con ellos, pero él está bien organizado y no le arredra vivir solo. ¿Estaría abierto a otra mujer, a otra relación? No lo descarta del todo, pero tendría que ser algo especial: «Non vou a guerrear agora con outra muller. Se a tivera, sería para ter compañía».

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Teleasistencia

Doña Carmen tiene dos hijas y cuatro nietas que van a verla con una cierta frecuencia. A diario recibe visitas. Dispone además del sistema de teleasistencia de Cruz Roja a través del cual la llaman de vez en cuando para comprobar que todo va bien. Admite que le hace mucha ilusión cuando recibe esa llamada. En realidad, cualquier novedad en la monotonía de la soledad es siempre bienvenida: «Ás veces estou triste. Durante o día lévoo ben, pero pola noite é cando noto máis a falta. O día está ben, pero a noite é moi triste».

En su casita blanca, Carmen se arregla bien: de vez en cuando viene el frutero, el pescadero, el pan, el butano... Una de sus hijas la lleva a hacer la compra al supermercado cuando se tercia, una o dos veces al mes. Va a la peluquería «a darlle color» mensualmente y a misa cuando convoca el cura: «Antes era unha vez á semana, pero o cura xubilouse e agora o novo chama cando cadra». Ir a la iglesia le lleva 20 minutos caminando, «e outros vinte de volta». Todo se produce con una monotonía que acepta con resignación.

¿Y Francisco, se siente solo? «Non, síntome arroupado por moita xente, sinto que me aprecian bastante». Explica que a él le gusta relacionarse, moverse, tener tareas pendientes, cosas en la cabeza. Tiene prevista una visita al pueblo, a chequear el tejado de la casa. Le da algo de pereza, porque no ha vuelto desde que murió su esposa: «Pero teño que facer as ganas».

Las pequeñas historias de soledad de Carmen y Francisco podrían ser distintas: se pueden encontrar puertas cerradas en las ciudades y agradables compañías en las aldeas, pero es indiscutible que el medio rural pierde población mientras las ciudades la ganan. Solo bajando a la calle, Francisco ve las caras y oye las voces que Carmen busca en la televisión. En cualquier caso, los dos están unidos por una decisión valiente: resistirán en la casa que levantaron mientras puedan valerse. Creen que cada uno debe de tener su propia vida. Ni residencias, ni hijos. Aunque muchas veces echen de menos el calor del otro.

Amelia Ferreira: «Yo en mi casa y mis hijos en la suya»

marga mosteiro

«Tengo algunos bajones como todo el mundo, pero no por estar sola, sino por las circunstancias de la vida»

Amelia Ferreira Pena sorprende desde el primer instante en que abre la puerta de su casa. Nadie nos había advertido de que está prácticamente ciega. «Solo veo bultos, pero mis manos son mis ojos, y me arreglo perfectamente», asegura. Usa el bastón cuando sale a la calle, y cuenta con la ayuda del servicio de acompañamiento para ir al médico o a la ONCE, «porque se complica todo un poco más», admite. Pero para las cuestiones del día a día no necesita a nadie. «Solo preciso que no me cambien las cosas de sitio», dice. Esta mujer no se olvida alguna situación de peligro cuando camina sola por la calle. «Una vez, tuve que darle un bastonazo a un coche que se saltó el paso de peatones, pero yo no me acobardo, le plantó cara a quién sea», recuerda .

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