El carnaval es para todas las edades

Brais Capelán CRÓNICA FESTIVA

LAXE

01 mar 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Estas líneas están dedicadas a todas esas personas que, ya tengan 8 u 80 años, decidieron estos días salir disfrazadas a las calles de la Costa da Morte. De eso se trata precisamente el entroido. Recuperar esa sensación que tenías cada febrero cuando -por una vez- te levantabas enérgico de la cama y te enfundabas ese disfraz que con tanto cariño se había encargado de confeccionar tu abuela o madre. Llegabas a clase y mirabas por encima del hombro al resto de compañeros, presumiendo de tener el mejor disfraz.

Ese espíritu fue el que pude presencial el pasado sábado en Laxe. Entre sabrosos pinchos que redefinían algunos de los platos más tradicionales de esas fechas, estaban ellos. Serían las dos de la tarde y apenas habría por la calle una decena de niños disfrazados. Los actos de la tarde invitaban a preparar los disfraces en la intimidad del hogar, buscando sorprender con rompedoras propuestas. Pero había un grupo de personas que no eran precisamente unos chavales. Eran fácilmente reconocibles a cientos de metros, sin exagerar. Sus crestas, chupas de cuero, pitillos ajustados y cadenas colgando no dejaban lugar a duda en cuanto al disfraz. Estos punkis laxenses hicieron suyas cada una de las terrazas de los bares. No había botellón ni armaban bronca, e incluso alguno estaba bebiendo un agua -algo inusual para un punki-.

Eso sí, llevaban consigo un elemento fundamental para esta tribu urbana: un altavoz en el que poder poner música. Los harapos escogidos para la ocasión dejaron detalles como una vieja camiseta de Heredeiros da Crus, con la portada del disco Está que te caghas! o las pelucas multicolor con las crestas afiladas, que cortaban el fuerte viento que soplaba durante toda la jornada.

Sonaron los Ramones, Green Day o Nirvana. De hecho, sonaron varias veces los mismos temas antes de que alguien del grupo se percatase y decidiese cambiar la lista de reproducción e introducir el ska en el repertorio.

En definitiva, lo pasaron en grande. Ni un John Nieve de la serie Juego de Tronos -muy bien caracterizado, todo hay que decirlo-, les pudo hacer sombra. Sus gamberros disfraces podía ocultar las canas de su pelo, pero no ese espíritu juvenil que hace que la gente se libere de sus responsabilidades y ataduras durante estos días. Quizás no hay mejor disfraz para representar ese ideal anarquista de romper con la realidad y sumergirse de lleno en el entroido.

Pasaban las tres de la tarde y, altavoz a cuestas, enfilaban la entrada de otro local para seguir con la fiesta, mientras sonaba -muy oportunamente- la voz de Kurt Cobain en Smell like teen spirit.