Un revolucionario de 1846 en Corcubión y Cee: Hermógenes Villanueva

Fue un liberal progresista cercano al republicanismo, defensor de la libertad y la democracia


«A la memoria de mi padre, Hermógenes Villanueva y Montenegro».

«Evoco la noble figura de mi padre, y paréceme oír de sus labios, como hace muchos años, el relato de aquellos luctuosos sucesos desarrollados en la primavera de 1846, y en los que tomó él parte tan activa».

(Elvira Villanueva Pou, de Corcubión, en La Voz de Galicia del 22 de mayo de 1904).

En los trabajos que publicamos en estas mismas páginas los días 2 y 17 de enero pasado sobre el médico, fomentador, consignatario y profesor de francés, Hermógenes Villanueva y Montenegro, residente en Quenxe-Corcubión, nos preguntábamos si el escándalo surgido con motivo de su entierro civil en la necrópolis de Cee, fue provocado por su posible condición de republicano y laico. Y lo cierto es que no íbamos muy descaminados.

Después de investigar en muchas de sus cicatrices, conocemos por uno de esos hallazgos del azar que Hermógenes fue un revolucionario y un liberal progresista cercano al republicanismo, que militó en las avanzadas de los defensores de la libertad y la democracia de su tiempo; uno de esos esforzados y generosos combatientes del movimiento revolucionario de 1846. Y el premio a este movimiento fue, como sabemos, ver como una docena de jefes y oficiales militares, compañeros de aventura del residente en Corcubión, terminaron fusilados; otros encarcelados o exiliados, lo que confirma que levantarse contra el statu quo establecido nunca sale gratis.

Viajando en el tiempo, y situándonos a mediados del siglo XIX -el siglo de los Pronunciamientos militares-, la Historia dice que los preliminares de la llamada «Revolución Gallega de 1846», que duró un total de 21 días, fue iniciada por el coronel Miguel Solís Cuetos en Lugo, al protestar contra la dictadura de Narváez, y para terminar inclinándose por la emancipación de la región gallega. Primero, Solís creó en la ciudad del Sacramento la Junta de Armamento y Defensa, y unos días más tarde creó en Santiago la Junta Superior del Gobierno de Galicia, para sustituir a la primera.

En la trama civil de los que se levantaron contra el gobierno de Narváez estuvo Antolín Faraldo, nacido el 2 de septiembre de 1823 en Betanzos, y que obtuvo el grado de Bachiller en Medicina en octubre de 1842. Y, también estuvo Hermógenes Villanueva, nacido como Faraldo en la ciudad de los Caballeros en 1818, y estudió también como él Medicina en Santiago. Y, con estos paralelismos, los dos estuvieron desde el principio en la trama civil del pronunciamiento militar, sufriendo persecuciones «por su amor a la causa de la libertad antes de la conspiración», en palabras de Elvira Villanueva Pou, la hija de Hermógenes, además de ser «nombrado en ella jefe con la misión de pronunciar toda la parte de las Rías Bajas, según lo ejecutó».

De resultas de la actividad de Hermógenes Villanueva, en Pontevedra fue proclamado el pronunciamiento por el comandante Buceta el día 9 de abril de 1846; el día 10 el Brigadier Leoncio Rubin lo hizo en Vigo, extendiéndose a Muros, Noia, A Pobra do Caramiñal, Ribeira, Rianxo, Padrón, Caldas de Reis, A Guarda, Tui..., pero «todo se perdió cuando la traición de unos y la cobardía de otros hizo abortar el que pudo ser glorioso movimiento», escribió Elvira en un trabajo publicado en La Voz de Galicia el mismo día que, en Carral, se inauguraba en 1904 el monumento erigido a los «Mártires de la Revolución de 1846».

Rendición en Santiago

Al fallar el apoyo ciudadano, las tropas de los liberales progresistas contra el gobierno de Narváez se rindieron en el convento de San Martín Pinario, en Santiago, en donde se habían refugiado después de ser vencidos en Cacheiras. Finalmente, a los jefes y clases de capitán efectivo para arriba, les aplicaron el 26 de abril la pena capital, pasando por las armas a Miguel Solís Cuetos y a Fermín Mariné, hasta un total de doce individuos -once en Carral y uno en Betanzos- que, en su práctica totalidad, no eran gallegos, y todos ellos con historias personales muy diferentes que confluyeron ante aquel pelotón de fusilamiento.

Con la derrota de los pronunciados, arrasadas las expectativas y las ilusiones, Hermógenes Villanueva afrontó de forma valerosa la huida para llegar a Vigo y refugiarse en la casa del barón de Ortega, un lugar en el que ya estaban reunidos los demás acogidos al pabellón portugués, entre ellos Antolín Faraldo. Y, disfrazados, huyendo del peligro que les amenazaba y en una noche tempestuosa embarcaron en un galeón de carga y pasaje llamado Nervión, dirigiéndose al punto en donde un buque de guerra portugués tenía previsto recogerles. Encararon el temporal en un clima de zozobra y desazón, y también de derrota, impregnando el ambiente.

Tumbado en el fondo del galeón, y molestado por sus heridas, iba el hermano de Hermógenes, Perfecto Villanueva, un militar de graduación, valiente y decidido, en tanto que esa noche arreciaba cada vez más el temporal, desencadenándose la lluvia y el viento con una violencia que las rachas fuertes rompieron el palo, cayendo la vela al mar.

«La angustia fue indecible», dijo Elvira Villanueva rememorando el episodio contado por su padre-.

«Iban en el galeón muchas mujeres, que comenzaron a llorar invocando a la Virgen. Decayó también el ánimo de los marineros viendo el inminente riesgo de naufragio, y de rodillas unos y otros, impetraron favor del cielo. Mi padre se inclinó hacia su hermano en el solemne trance.

-Perfecto, levántate, -le dijo.

-¿Para qué?

-Naufragamos. Haz por cobrar ánimo. Lancémonos al agua y a ver si alguno logra salvarse. De este modo alguien interesará a nuestra familia de este triste final.

Cubierto de heridas mi tío Perfecto, no podía moverse, sin embargo.

-No soy dueño de mí, -exclamó sollozando. Sálvate tu si puedes.

-Pues, adiós... ¡Hasta la eternidad!».

Y allí, en esa tesitura se quedó Hermógenes para seguir el mismo destino que su hermano malherido. «Por suerte la embarcación no zozobró. Un chubasco espantoso amenazó hundir la barca sin gobierno, pero fue precursor feliz de la anhelada calma. Horas después, y a costa de esfuerzos inauditos, llegaban a puerto seguro», -concluyó la hija de Villanueva.

Y comenzó el exilio. ¡Y aún quedaba algo lejos su historia en Cee y Corcubión!

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