Represión de los libros en la Costa da Morte

Hubo requisas de volúmenes y revistas, con requerimientos a establecimientos públicos

la voz

Tal y como se realizó en tiempo de la Santa Inquisición, los libros fueron objeto de atención preferente por los militares sublevados en julio de 1936 en la operación depuradora de la cultura, un saneamiento para acabar con la «literatura-llamada-disolvente» y para restaurar «la salud pública» en España.

 Una orden ministerial de 4 de septiembre de 1936 explicaba que «la gestión del Ministerio de Instrucción Pública, y especialmente de la Dirección General de Primera Enseñanza, en los últimos años, no ha podido ser más perturbadora para la infancia. Cubriéndola con un falso amor a la cultura, ha apoyado la publicación de obras de carácter marxista o comunista, con las que ha organizado, bibliotecas ambulantes y de las que ha inundado las escuelas, a costa del tesoro público, constituyendo una labor funesta para la educación de la niñez. Es un caso de salud pública hacer desaparecer todas esas publicaciones...».

Esta orden daba vía libre a lo que desde los primeros días de la sublevación ya se hizo: «...la incautación y destrucción de cuantas obras de matiz socialista o comunista se hallen en bibliotecas ambulantes y escuelas...» para que se utilizasen solamente «obras cuyo contenido responda a los santos principios de la religión y la moral cristiana, y que exalten con sus ejemplos el patriotismo de la niñez».

Definitivamente, por esta orden y otras disposiciones posteriores se dispuso la retirada de las bibliotecas públicas y centros culturales de toda publicación que contuviese en su texto «exposición de ideas disolventes, conceptos inmorales, propaganda de doctrinas marxistas y todo cuanto signifique falta de respeto a la dignidad de nuestro glorioso Ejército».

Sabían que la lección de los libros era una lección de humanidad, responsabilidad y libertad y que cuanto más instruidos estuviesen los ciudadanos más difícil sería embaucarles y mantenerles en la inopia. Por eso en 1936 en todas las ciudades y pueblos de Galicia existieron en los primeros tiempos de la sublevación militar piras, esto es, quema de libros. Casa por casa y sociedad por sociedad, cultural o sindical, equipos de falangistas y milicianos se dedicaron a registrar las bibliotecas públicas, y también privadas, expurgando todos aquellos libros o revistas que a su libre albedrío consideraron perniciosas para la nueva España nacionalista.

En A Coruña, por ejemplo, en las cercanías de la Dársena se quemaron numerosos libros propiedad del reconocido Centro de Estudios Sociales Germinal, entre otras muchas entidades republicanas, socialistas y anarquistas, así como algunos de los requisados en la vivienda del presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, en la calle Panaderas, y de otros muchos hogares particulares.

También en Vigo el periódico El Pueblo Gallego publicó el 7 de agosto de 1936 una nota del comandante encargado de la censura previa: «Comunico se haga saber al público, con carácter general, tanto a librerías como puestos particulares, que todo aquel que tenga en su poder estampas pornográficas, libros de carácter subversivo y de ideas marxistas, sean entregadas en esta Comisaría, dentro de las 24 horas siguientes a ser radiada esta orden por la Emisora de Vigo, en la inteligencia de que aquellas que no los presenten y les fueran ocupadas en registros o por cualquier otra circunstancia, serán multadas con arreglo a su capacidad económica».

Y, también, por supuesto en la Costa da Morte se efectuaron requisas de libros y revistas. En Cee, por ejemplo, los libros y folletos fueron purificados por el fuego de la nueva doctrina, según se especificó en un oficio de fecha 20 de agosto de 1936 enviado por el delegado local de Orden Público, Guillermo Quintana Pardo, al teniente coronel de la Guardia Civil Florentino González Vallés.

El día 24 siguiente, el mismo Quintana Pardo envió dos oficios requiriendo a los propietarios de dos establecimientos públicos, el de Antonio Gallego y el de Enrique Lodeiro, para que en el plazo de 48 horas entregasen «todos los libros, folletos, periódicos y demás impresos que tengan en su establecimiento de carácter marxista en todos matices y antirreligiosos y pornografícos». Más hogueras...

En aquellos tiempos insolentes, los libros recogidos en Cee ardieron bien en la pira a la que fueron arrojados por los falangistas locales en aquel caluroso y sangriento verano de 1936, compitiendo el humo de los libros con el de las chimeneas de la fábrica de Brens, humo que manchó, el uno la inteligencia del hombre, y el otro el paisaje y las viviendas vecinas. De la misma forma, el delegado local de Orden Público de Corcubión Francisco Trillo Lago, Campia, además de depurar todos los libros de la biblioteca del Sindicato de Oficios Varios, afecta a la CNT, con la colaboración de la Guardia Civil y de los falangistas, depuró también bibliotecas particulares, entre ellas la de la casa de banca de Manuel Miñones Barros, deteniendo por este motivo a Jesús Miñones para pasar a vivir una realidad desquiciada: todo se le torció, desmoronándose su vida y su mundo, pero logrando en último extremo exiliarse para siempre en la Argentina.

Los libros tildados de «literatura y propaganda comunista, anarquista, sindicalista y socialista», requisados de la casa de los Miñones fueron los siguientes: Incesto, de E. Zamacois; cuatro tomos de La Guerra y la Paz (sic), de León Tolstoi; La Internacional sangrienta de los armamentos (traducción), por Luis de Navia; Los que teníamos doce años, traducción del alemán por W. Rocer; Ana Karenine (sic), por Tolstoi; ¿Qué es la sindicación obrera?, por Victor Diligent (dos tomos); Primer Congreso Nacional de Unión Republicana (un tomo bis); Tres estatutos generales del Partido de Unión Republicana, y una revista de Acción Socialista (argentina).

En fin, la metáfora de un tiempo de sombras. Después, apilados los libros incautados en Corcubión, Campia, con verdadera devoción ordenó quemarlos comunicando al gobernador civil que: «La biblioteca -del Sindicato de Oficios Varios, de la C.N.T., de Corcubión- ha sido examinada y he procedido a la quema de todos los libros y folletos que contenía por ser mucho de ideas extremistas y la mayor parte pornográficos.

Los muebles y enseres están depositados en este Ayuntamiento -y trasladados posteriormente al cuartel de la Guardia Civil- a disposición de V.E.... Corcubión, 22 de agosto de 1936».

También se conoce la existencia de falangistas que requisaron libros que pasado el tiempo aparecieron como fondos bibliográficos de sus propias bibliotecas, aunque lo más sorprendente fue localizar un ejemplar del libro titulado El balcón de la felicidad, una comedia de Honorio Maura dentro de la colección La farsa, con un sello de tinta impreso de la Falange Española de las JONS de Corcubión, y la firma o el nombre escrito con tinta, en una de sus primeras páginas, de Francisco Trillo Campia, el primer delegado civil y por lo tanto alcalde del franquismo en Corcubión. Presumimos que es un libro salvado de la quema y que ahora está en mis manos.

Una pregunta podríamos hacernos: ¿Tenía la Falange de Corcubión una biblioteca para uso y disfrute de sus miembros? En caso afirmativo, ¿de dónde procedían los libros y quien o quienes fueron sus herederos?

Ceniza... para manchar conciencias. Subrayamos que en esta etapa miserable, lo de las piras sucedió también en otros pueblos de la zona, como en Muxía, por ejemplo, sucesos que son parte de nuestra historia y por eso conviene recordarlo. Y, es que, los libros también podían hacer temblar.

«¿Tenía la Falange una biblioteca para sus miembros?»

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