Casto Caamaño: un ceense represaliado

Crónica de Luis Lamela acarca de Casto Caamaño, homenajeado hace unos días en la Praciña do Olvido de Cee (imagen)


Muchos se preguntarán, ¿quién fue Casto Caamaño García?

Casto Caamaño García nació y residió en Cee y en julio de 1936 tenía 55 años, estaba casado y trabajaba en la fábrica de Carburos Metálicos de Brens y regentaba también una taberna en la plaza principal de esta villa, ofreciendo desde 1928 sesiones de cine en el llamado Salón París.

Políticamente, Casto fue uno de los principales dirigentes de la Alianza Republicana en este pueblo. Durante la Segunda República se afilió al Partido Socialista, partido por el que fue elegido concejal en las elecciones de mayo de 1931. En junio de 1932, al renunciar a la alcaldía por enfermedad, Segundo Trillo Durán, Casto fue elegido alcalde, cargo al que renunció el 16 de septiembre de 1933 con el fin de preparar las elecciones generales que se avecinaban, celebradas en noviembre de dicho año, y en las que vencieron las Derechas, concretamente el Partido Radical, de Alejandro Lerroux y la CEDA, de Gil Robles.

Después de las elecciones de febrero de 1936 fue repuesta por el gobernador civil la corporación municipal del llamado Primer Bienio republicano, cesada anteriormente por el gobierno de derechas. Y Casto fue elegido primer teniente de alcalde, pero surgió la sublevación franquista que puso España patas arriba, provocando un terremoto que derrumbó la legalidad de las urnas. Los militares sublevados acusaron al teniente de alcalde, a Caamaño, y a muchos vecinos más, de que el 25 de julio habían ido en manifestación tumultuosa al ayuntamiento, coaccionando al alcalde -Juan Bugeiro Pérez- para que dimitiese y entregase el mando al teniente de alcalde, delegando Juan Bugeiro en Casto Caamaño sus funciones.

A partir de aquí, Casto también fue acusado, además de presionar al alcalde para declinar el cargo, de propagar ideas izquierdistas entre los elementos obreros en el establecimiento de bebidas que regentaba y la participación en mítines durante el período electoral que precedió al 16 de febrero de 1936. Triunfado parcialmente el golpe, y una vez que los franquistas controlaron la situación en todos los pueblos y ciudades de Galicia, en septiembre de 1936 Casto fue multado con mil pesetas por el gobernador, acusado de «desafección al Glorioso Movimiento», pagándolas el 26 de dicho mes y año. Igualmente fue encausado por rebelión militar, pero al ser sobreseído su causa, fue de nuevo sancionado con 10.000 pesetas que hizo efectivas el 7 de diciembre. Pero para poder pagar esta sanción se vio obligado a vender la casa que poseía, y en la que residía en Cee, por 19.000 pesetas, venta en la que le entregaron 9.000 en el acto del otorgamiento -las que necesitaba para pagar la nueva sanción-, quedando aplazadas por 5 años la entrega del resto.

Precisamente, era la casa número 23 de la plaza de la Constitución, en la que estaba instalado el Salón París y en la que funcionaba el bar, con inclusión de un aparato de proyecciones de cine. Fue vendida a Argimiro y Norberto Guillén Cereijo y a José Trillo Fiel el 2 de diciembre de 1936 -el día en que fusilaron a Pepe Miñones en A Coruña-, para poder satisfacer la multa de 10.000 pesetas impuesta por el delegado de Orden Público, el teniente coronel de la Guardia Civil, Florentino González Vallés.

Pasado el tiempo, otra vez Casto volvió a ser sancionado con 6 años de inhabilitación especial para el desempeño de cargos o empleos del Estado, provincia o municipio, públicos de mando, confianza y directivos y al pago de otras 250 pesetas, por el Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas, en el mes de abril de 1941 (sentencia 262/941).

Perseguido, y depurado de su puesto de trabajo en la fábrica de Brens, y arruinado por la dictadura franquista que le expolió con multas, Casto quizás se preguntó:

-¿Y, ahora, qué hacer? Y seguramente se contestó: Buscar una segunda oportunidad para rehacer la vida. Y se convenció de que jamás volvería a ser la misma.

Casto trasladó su residencia a Coruña en donde vivía un hermano, y con el tiempo trabajó repartiendo carbón, intentando sobrevivir y ayudando a sus sobrinos que pronto quedaron huérfanos, acabando por encogerle el estómago por la tensión durante aquellos malos tiempos. Y, arruinado, en A Coruña terminó sus días, en tanto su patrimonio había servido para financiar la sublevación y la guerra civil provocada por los militares franquistas.

Fue, pues, un represaliado económico, laboral y psicológico del franquismo. Y nunca su familia fue resarcida en esta España y en esta democracia desmemoriada e ingrata.

En fin... Mucha tinta del pasado para rendir, póstumamente, justicia.

[Texto leído por Lamela en el homenaje a Casto Caamaño celebrado en Cee el sábado].

«Arruinado, en A Coruña terminó sus días, y su patrimonio financió la sublevación»

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