Crónica de la movilización para denunciar los casos de silicosis aparecidos hace más de medio siglo
31 dic 2016 . Actualizado a las 05:00 h.La historia es la mejor disciplina para comprender el presente. Hace varios días un representante político comarcal me interrogó sobre el asunto de la silicosis en la fábrica de Carburos Metálicos de Brens, una enfermedad aparecida en 1947 cuando numerosos obreros trabajaron en el llamado túnel de Castrelo, obra iniciada por la empresa para incrementar la producción eléctrica y suministrarla a la fábrica. El trabajo consistió en horadar en roca viva un largo túnel, aunque sin la maquinaria ni los medios profesionales de hoy en día.
Y, sí, conocí a varios de los enfermos con dicha dolencia profesional a los que la muerte los visitó prematuramente, y también en mis archivos guardo algún documento que describe la situación vivida por numerosas familias, en unos tiempos en el que moverse y reclamar podía costar la ruina o la cárcel. En aquella época la empresa contaba con patente de corso, pero uno de los personajes que no tuvieron miedo al sistema y al poder fue el párroco de la villa de A Xunqueira, don Antonino Castro García, que, ayudado por organizaciones obreras clandestinas con implantación nacional, a principios de 1969 abrió la caja de Pandora y promovió una campaña de prensa para denunciar las muertes por silicosis y la situación de gran desamparo en el que quedaban las viudas y los huérfanos de los obreros de la fabrica y del túnel, obreros que fallecían por una enfermedad que no reconocían como profesional.
Comprobar las denuncias
A raíz de esta campaña varios técnicos llegaron a Cee para comprobar las denuncias. Después emitieron un informe favorable a la empresa, en el que incluyeron un testimonio del jurado de empresa que elogiaba la labor social realizada por esta. Una muestra más de las dificultades que surgirían. No obstante, Antonino Castro envió el 23 de julio del citado año una misiva dirigida al director general de Previsión, explicando: «Ya sé que han visitado la factoría unos técnicos. A fuerza de ser sincero tengo que decirle que esos señores no hicieron investigación alguna -no sacaron siquiera los aparatos de medición-, y que el jurado de empresa no se manifestó tan favorablemente como ellos dicen en su informe, si he de hacer caso a lo que me dice uno de los componentes de dicho jurado, quien asegura que él expuso con claridad el problema, y que incluso alguno de los señores que venían le alabó por la valentía con que había hablado», intentando que las instituciones sanitarias públicas efectuasen la investigación médica y técnica rigurosa e imparcial.
«Libro Negro de Cee»
De forma paralela apareció por la localidad lo que se llamó el Libro Negro de Cee, un texto escrito en la clandestinidad por miembros de Convergencia Socialista, entre cuyos autores se encontraba el ahora ex ministro socialista Enrique Barón, además de Javier Castillón y el ex dirigente sindical de UGT Galicia, Suso Mosquera, así como Valeriano Lavín, entre otros más. Una denuncia que causó enorme impacto entre las autoridades del Régimen, y que obligaron a trasladar a todo el personal enfermo a Madrid para una exploración médica seria y evaluar resultados, cuando los profesionales de la medicina de la comarca, escurriendo el bulto e inmersos en la sumisión y el silencio interesado, se habían negado a reconocer la enfermedad porque no querían que afectase negativamente a la empresa.
En esas fechas el semanario El Caso publicó algunos titulares como: «En diez años, más de cincuenta muertos por silicosis. Viudas y enfermos tienen que luchar para conseguir una pensión»; «Contradicciones entre los médicos oficiales y los particulares», o «El cura párroco de Cee, al lado de los trabajadores». Y fue importante poner el número de los afectados para hacerse una idea de la magnitud de la tragedia.
Del viaje a Madrid de los enfermos resultó una escalofriante realidad que obligó a la empresa a mejorar las condiciones de seguridad e higiene, a la instalación de filtros en las chimeneas para evitar la manganosis, y el aumento significativo de los salarios de los trabajadores. Pero la intervención del cura en este asunto, sosteniendo un duelo a contracorriente y viviendo numerosas tensiones e incomprensiones, le supuso por su compromiso social, además de un enorme desgaste personal, intelectual y físico, una sanción de destierro y represalias a los miembros del jurado de empresa. Un exceso del egoísmo empresarial que produjo enfermedades, penuria y muerte, convertido hoy en la parte alícuota que le corresponde a los recursos humanos, a los empleados, a través de su centenaria historia, en el capital social, también histórico de la empresa. Todo un horror real que pagaron los obreros, a un precio demasiado alto.