César Casal
28 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.NO tiene nada que ver con una fatalidad de plaga bíblica. En Galicia ha llovido siempre. Y quemar el monte tiene un precio elevado. La borralla mata el marisco. ¿Cuál es la novedad? El descontrol de las Administraciones en el crecimiento salvaje. El paisaje urbano nefasto. No se pueden hacer casas sobre el lecho de los ríos y meter un caudal en una tubería ridícula. El primero que tiene la culpa es el que da el permiso para que se haga eso. El que firma y mira para otra parte. Lo que está pasando en Baiona, en Oia, en Cee, en Vimianzo tiene responsabilidades claras. Alguien tiene que pagar por permitir que se cometiesen tantos desmanes. A la naturaleza no se la puede engañar. Es imposible encerrar los ríos, mudar los caudales, hacer que callen los rayos y los truenos. En el litoral nos estamos pasando todos los días. Cierto es que no hay nada como vivir junto al colo de las olas, abrir la ventana y oír la sinfonía inmortal del mar. Pero no existen los milagros. No se pueden multiplicar casas como panes y peces. Si se hace un sótano por debajo del nivel del mar, el sótano se inunda. Y los coches se convierten en barcazas inservibles. El que sufre es el ciudadano que pensó que compraba una propiedad en regla, con licencia de obra, de edificabilidad... Otra vez las imágenes son asombrosas. No valen parches. Porque después de este otoño vendrá el invierno, y después otro verano con lumes, y otro otoño y otro invierno. Aparte de las ayudas, urge que las Administraciones con competencias sean competentes y no permitan más desmanes urbanísticos, más abandono en el rural y más crecimiento especulativo a costa de la costa. O las villas se van a convertir en charcos, en pozas, en Venecias de pacotilla. La chapuza sólo genera chapuza. De nada sirve acordarse de Santa Bárbara cuando truena.