Baldaio, Frankenstein

Cristina Viu Gomila
Cristina Viu LA ATALAYA

CARBALLO

Imagen que presentaba la laguna de Baldaio este domingo
Imagen que presentaba la laguna de Baldaio este domingo BASILIO BELLO

La primera vez que vi Baldaio tenía 27 años. Me había criado en Barcelona y solo sabía de la lucha de los vecinos por recuperar su marisma por lo que me contaron y algunos recortes de prensa. Acudí para entrevistar a una señora que había participado en los sucesos de 1977 y que había sido herida en aquella batalla campal que enseguida consideré épica. Poco después regresé y en Castrillón hablé con miembros de la asociación de vecinos, que detuvieron las labores de recolección del maíz para enterarse de que el Supremo había extinguido la concesión que tenía una empresa local que se había dedicado a extraer arena.

Desde lo alto se veía la marisma atravesada por pistas y puentes, como terribles cicatrices que mostraban el daño que puede hacer la dictadura política y el poder económico.

Tuvieron que pasar años antes de que se empezara a pensar en recuperar un espacio de enorme importancia natural por el que fueron pasando planes europeos y nacionales, y que terminaron en casi nada. Vimos desaparecer caminos que eran diques. El puente grande se achicó, el chiringuito se derribó, se abrieron y cerraron las compuertas interiores, el mar se llevó la gran duna y la Administración retiró las grandes rocas que delimitaban el canal... Hubo muchas cosas, pero muy pocas funcionaron. Baldaio parece un poco el monstruo amable de Frankenstein, hecho a pedazos, con la intención de ser vivo, pero construido sobre materia ya muerta.

Ahora se ahoga sin conexión al mar. La solución no es fácil. No es posible dejarlo a su suerte, pero tampoco se puede tener un pala de guardia para impedir que el mar cambie la arena. Tampoco sería justo para Baldaio. Se va a cumplir medio siglo de aquella revuelta. Esperemos que siga con vida.