Día del Deporte

Guadalupe Vázquez Formoso LABIRINTO NAS SOMBRAS

CARBALLO

Néstor González, jugador del Voléy Dumbría
Néstor González, jugador del Voléy Dumbría .

Una explosión veloz y absolutamente radiante de Néstor González que desorienta por completo al contrario. Brutal. Son palabras que narran a la perfección jugadas del destacado Club Vóley Dumbría, que compite en la SM2. Hay celebraciones que no precisan focos porque brillan por sí solas. El 6 de abril, Día del Deporte, es una de ellas. Su brillo está en el aliento compartido de una carrera entre colegiales en Costa da Morte, en el silbido de las zapatillas contra el suelo durante un intenso partido de vóley-sala en Dumbría o en el aroma a hierba mojada de un campo de fútbol a las nueve de la mañana en Cee. Está también en la paciencia de quien adiestra, en la sana competitividad que un deportista reconoce para elevar su juego. Está en el respeto y la amistad profesional.

Celebrar el deporte es celebrar a grandes campeones, pero también es celebrar una manera de tejer vínculos. Porque cada toque de manos entre compañeros y cada abrazo al final del partido nos recuerda que uno solo no puede hacer un equipo sino formar parte de él. El deporte también es escuela. En ella se aprenden la disciplina, el respeto y la superación, y nos enseña que no siempre se gana, pero que siempre se puede aprender, que caer no es fracasar sino parte necesaria del camino, y que el esfuerzo de hoy suele ser la semilla de la fuerza del mañana.

En una tierra como la nuestra, acostumbrada al viento, lluvia y al pulso humilde del trabajo diario —una tierra reflejada en las manos gastadas de nuestros mayores—, el deporte tiene también algo de espejo. En él recordaremos nuestra patria más íntima: a aquellos que siguen en nosotros, guardados en ese lugar sagrado donde habitan los que nos dieron vida y a quienes tanto quisimos.