El dramaturgo Arthur Miller afirmó que «el paso del tiempo condena al olvido a la memoria de un país». Es decir, condena la memoria de todos nosotros. Inevitablemente. Y, es que, con una historia muy rica y una memoria muy pobre, nos convertimos en una sociedad de amnesia colectiva. Y es injusto ese exceso de olvido en un tiempo en el que la banalidad se impone y prefiere el olvido a la memoria. Por eso algunos de nosotros, no es que luchemos contra el olvido, sino que lo hacemos contra el olvido del olvido. Hablar de lugares de memoria es hablar de justicia. La realidad es que muchos de los lugares de Memoria que se reflejan en estas páginas, están invadidas por la hiedra y el olvido; escondidos entre la maleza, arrumbados en el desván de la desmemoria. Y pocos siguen vivos en nuestro recuerdo. No obstante, la memoria es fundamental para tener presente y tener futuro. El crimen, sin duda, es el olvido. De esos lugares de Memoria hay cosas de las que no se habla, porque son historias incómodas. Sin embargo, están ahí, forman parte de nuestra memoria.
El concepto de memoria histórica se usa con frecuencia e intención para referirse al rescate de una historia deliberadamente silenciada, condenada al olvido. En mis 40 años de investigaciones, encontré a veces una memoria histórica que me costó mirar de frente, después de recorrer las luces y las sombras de la larga y compleja Memoria Histórica o Memoria Democrática, siempre buscando en la memoria de otros, porque hablar de lugares de memoria es hablar también de justicia.
La memoria hay que cultivarla. Es una herramienta contra el olvido y España un país con muchas lagunas. Durante mi camino engrané el presente y el pasado, la historia y la memoria. Y a excepción de la Ley de Memoria Democrática, aprobada hace algún tiempo por el gobierno socialista, España es el único país de Europa que no tiene una política pública de memoria. En fin, que la memoria, y los lugares de Memoria que se enumeran y describen aquí, son una de las llaves maestras de nuestra identidad.