De cómo una afición se convierte en profesión


Pablo Canedo, natural de Bértoa, casado y residente en Sofán, es informático, pero el veneno de la astronomía lo tiene dentro desde pequeño, cuando observaba el cielo con unos prismáticos prestados, y ya no paró, cristalizando con la cúpula geodésica montada en la terraza de su casa, que a pesar de que ya lleva unos años, aún llama la atención entre quienes, inadvertidos, pasan a pocos metros. Fue el gran punto de arranque de lo que hoy es parte esencial (no toda) de su trabajo, con mucho aprendizaje de por medio.

Atrás quedan aquellos años de observaciones en los montes de Anxeriz, Tordoia, al lado de Seavia y de Entrecruces, en lo alto del Castelo, donde más tarde (no mucho más) se levantaría el parque eólico donde crecen hierbas únicas en el mundo. Curiosamente, en A Veiga, al lado de su observatorio, también hay otras muy singulares que tienen mucho valor y que de paso añaden más trámites a la ya de por sí parsimoniosa burocracia para proyectos de este tipo. De Anxeriz pasó a Aranga, después a Guitiriz, y más tarde a los extremos ourensanos en los que continúa, donde cada viaje de ida y vuelta es como uno a Madrid. Pero son necesarios: por la familia, fundamentalmente, pero también por otros negocios como una academia de robótica.

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