Lo que acaba este decenio


El 26 de septiembre de 1983, el sistema informático de la URSS detectó que Estados Unidos les había lanzado cinco misiles. El teniente al mando, Stanislav Petrov, tuvo una duda razonable: «Nadie empieza una guerra nuclear con solo cinco misiles». Esta deducción evitó que ordenara desplegar el contraataque soviético y la mayor guerra que hubieran visto los tiempos.

La suspicacia de Petrov salvó más vidas que los besos. El satélite detector ruso había fallado por una atípica conjunción astronómica. Miles de bombas nucleares dejaron de lanzarse aquel día, que fue bautizado como «el incidente del equinoccio de otoño» y, aunque parezca el título de una novela de Paulo Coelho, es como se llamó a la ausencia de catástrofe. ¿En qué mundo estaríamos viviendo hoy de no ser por el camarada Stanislav? ¿Habría mundo?

En palabras del propio Petrov: «Tardé diez años en contárselo a mi mujer. ‘¿Pero qué hiciste?’ Me preguntó. No hice nada». ¿Hay algo más épico que no hacer nada? Si lo hay, no quiero saberlo. A veces me acuerdo del teniente cuando el vaso de vino me sostiene entre sus manos y todo se desintegra alrededor. Ojalá que no me falte la lógica frente a la adversidad, lógica para descabalgar los inviernos.

Adiós, decenio, cuántas cosas mueren contigo o quedan heridas: los CD-ROM, el inalienable derecho a tener una noche ridícula sin que te graben con el móvil, el rock, los pingüinos, la democracia, mi juventud, la poesía, los periódicos, las tiendas, la ONU, la paciencia, la vergüenza, el yoga, las patillas y Stanislav Petrov, el héroe quieto.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
2 votos
Comentarios

Lo que acaba este decenio