Los restos del naufragio


Hubo una mágica época en la que casi todas las películas eran protagonizadas por Tom Hanks, fue durante esos años cuando leí Hamlet. Por aquel entonces yo estaba tan lejos de saber que un día como hoy escribiría desde las soledades de un aeropuerto -igual que Tom Hanks en La terminal- que he estado en el castillo danés de Kronborg donde Shakespeare se inspiró para escribir Hamlet como un sevillano en 1850 de imaginar qué es un ingeniero informático.

Allí, en la corte de Elsinor, junto las chimeneas que calentaron sus divinas manos, el mismísimo William Shakespeare se hizo corpóreo frente a mis ojos y me sonrió. Ante tal gloriosa presencia solo se me ocurrió decirle que: «Cervantes era mejor». Y él se disipó entre la niebla, suspirando un «ser o no ser» o un «motherfucker». No me quedó claro.

«No ser» es la raíz de todas mis obsesiones. Salgo del castillo esperando que la lluvia me absuelva, pero ya tengo cada uno de los cuatro compartimentos del corazón revestidos con harapos del no ser; lunares de cuando habito en los pliegues de la vida y en las ruinas del hombre que soy.

Sin embargo, he visto cosas tan bellas, he reído mucho, he querido tanto, he soñado todo, he sentido los vidrios rotos del mundo en mi pecho con cada aliento, he bebido el aroma de azafranes y lirios y salitre en tu piel… Dime, Tom Hanks, ¿adónde irá todo esto cuando yo solo sea una sombra en la peatonal, una foto en la mesilla, la vieja bolsa del pan sin pan? ¿En qué mares del olvido he de zozobrar, Ofelia, cuando derrame el ocaso en mi garganta su eterno trago de leche negra?.

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