«Facía tanto frío que nos chegaban os pingüinos á plataforma petrolífera»

PERSONAS CON HISTORIA | De las islas escocesas a Salvador de Bahía o San Francisco. Pocos rincones le quedaron al carballés José Ramón Paz Abelenda por visitar


Carballo / la voz

A José Ramón le «echaron» del colegio cuando no llegaba aún a los 11 años. En su parroquia -Ardaña, Carballo- había a mediados de los cincuenta 176 niños: ni había sitio ni docente para todos. «Pola tarde ían os pequerrechos, e pola mañá os máis maiores. Pero enseguida os pequenos pasaban para as mañás, así que para que uns entraran, había que deixar sitio», relata el carballés. Una única maestra, que además pasaba de largo de los 70 años, se encargaba de todos los niños: «O que faciamos era ir polas noites a que nos deran clase os rapaces máis maiores que estaban estudando para maestros ou facendo un bacharelato».

Al término de sus estudios en la unitaria, con apenas 11 o 12 años, no le quedaba otra que meterse a trabajar, y fue así como comenzó en un aserradero, «talando pinos e carrexando táboas, no que houbese», relata. Trabajo duro y muy físico que terminó con varios dedos cortados en un accidente laboral. «Daquela había dous médicos: Don Ramón e Don Juan, que foi o que me atendeu, e que me quería cortar dous dedos. A miña sorte foi que un rapaz pouco máis maior ca min estaba tamén na consulta e convenceuno de que mos deixara quedar. Amarrounos como puido. Quedaron algo torcidos, pero polo menos téñoos. Bastante ben quedaron para a época». Los útiles con los que llevó a cabo su rehabilitación fueron de lo más caseros: los aperos de labranza que tenía por casa.

El «Pipas»

Después de varios meses sin poder trabajar, por su lesión, se metió a carpintero hasta los 17 años, momento en el que decidió marcharse a Suiza, donde ya estaba su padre. «Fun cun contrato falsificado, como iamos moitos daquela. Para darnos o pasaporte tiñamos que dicir que iamos de vacacións a ver ás nosas familias», rememora, antes de narrar su primera experiencia laboral en el país helvético, en la misma empresa que su padre. «Ao xefe chamábanlle O Pipas, porque andaba sempre fumando nunha pipa. Era algo así como o xeneralísimo na empresa e visitaba un par de veces ao día a obra. Hai algo curioso, e é que sempre que me vía botábase a rir. Eu pensaba: ‘Pero este carallo, por qué se rirá de mín?’. Levando uns setenta dáis chamou a meu pai á oficina e díxolle que eu era demasiado pequeno e que non podía botar máis de tres meses traballando nunha obra. Era a lei. Dicíame: ‘Á túa idade os nenos aquí aínda van á escola’. E eu respondíalle: ‘Pois en España os da miña idade van xa fartos de traballar’».

Se cambiaron los dos de cantón, para que José Ramón pudiese comenzar un nuevo empleo en una pensión, «a de dona Amelia», y después pasar a formar parte de una empresa en la que aprendió soldadura, el oficio al que dedicó buena parte de su vida posteriormente. Recuerda que, cuando le trasladaron a uno de los destinos que tuvo que cubrir, se tiró, junto a otros compañeros, dos meses enteros sin trabajar y sin cobrar porque no les gustaba del todo la fábrica. «Moito spaghetti comemos aqueles días. Ía a franco o quilo, e dábanos o paquete para todo o día. Non podíamos gastar todo dunha sentada porque, claro, tamén queriamos saír nas fins de semana, como todos!».

Su vuelta a España coincidió con la muerte de Franco y la Marcha Verde, por lo que le fue imposible conseguir pasaporte durante, al menos, seis meses, en los que tuvo que pasar revista cada semana. Una vez obtenido el documento, y después de que unos compañeros de mili le hubieran hablado de las plataformas petrolíferas africanas, emprendió camino hacia Holanda para emplearse en el sector. Once años, nada menos, en los que estuvo en Noruega, Holanda y Escocia. «Alí arriba das illas escocesas facía tanto frío que chegaban os pingüinos á plataforma. Non andaría moi lonxe o Polo Norte», dice divertido.

Estuvo también en Dinamarca, Inglaterra y en la costa de San Francisco, así como frente a Salvador de Bahía, en Brasil. «O traballo que faciamos, o de montaxe, era todo en altura, non onde pisa o boi. Ao mínimo fallo... Aínda non había tantos accidentes laborais como puido ter habido, creo eu».

«Como un paxariño»

Meirama, Alcoa o la refinería fueron algunos de sus destinos, ya de vuelta en España, aunque una infección de piel le obligó a dejar temporalmente la soldadura. «Fun aguantando, pero ao final tiven que deixalo e comezar de cero, como un paxariño cando comeza a facer o seu niño», relata. Compraron vacas, maquinaria y cuota láctea. Y así fueron tirando hasta que un compañero le habló de las brigadas de extinción de incendios y, después de trabajar por meses durante varias temporadas, aprobó las oposiciones y logró entrar en las listas. El problema era que le faltaban los puntos que daban por experiencia profesional, así que decidió probar suerte con su piel y volver a la soldadura hasta que físicamente no dio para más. «Un soldador o que precisa son ollos e pulso, e cando falla algunha das dúas cousas hai que deixalo». Y así fue como volvió a las brigadas de extinción, donde lleva 9 años.

Ahora, a punto de tomarse un merecido descanso y al borde de la ansiada jubilación, reflexiona el carballés: «Sempre me gustou ser aventureiro, gústame a vida de maleta, disfrútoa».

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