El calendario


Cada mes de enero, en una rutina ineludible, pongo un calendario sobre mi mesa de trabajo. Suelo colocar uno con forma piramidal porque es el que me regalan. Al desplegarlo viene a mi mente la imagen de una tienda de los indios en medio de una pradera. Parece mentira que todo un año, con sus doce meses, quepa ahí, en un espacio tan insignificante. A medida que transcurren los días, ese año que había arrancado impetuoso y enérgico va encogiendo hasta acabar reducido a eso, a un objeto de mesa que, a finales de diciembre, volverá a la basura para ser reemplazado por otro. Es como si incinerásemos el tiempo, de manera que el año que transcurre, como si fuera un cuerpo muerto, terminase almacenado en una urna.

Cuando miro mi mesa veo que ese calendario, en este 2018, ya se ha tragado demasiadas cosas: los días fríos de enero, que parecían interminables; las comidas de febrero, con su caldo de grelos y sus sobremesas con postres; y marzo y abril, inmisericordes con la lluvia. Ese calendario ha engullido ya cuatro meses del año, en un santiamén, sin apenas masticar, con la misma rapidez con la que traga alguien hambriento. Por el calendario se asoma mayo e intuimos la cercanía de junio, que aguarda ahí, con sus días largos que anticipan el verano. Para cuando nos hayamos dado cuenta, el calendario ya lo habrá devorado y, con sus dientes, estará triturando el otoño. A finales de diciembre, sobre la mesa, tendremos el cadáver de todo el año al pie del calendario, que es el lugar en el que amontonamos el tiempo pasado, el que añoramos y el que no, para que abulte lo menos posible.

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