Imagínese que lo hace un niño o un señor mayor -ya no digo nada si se tratase de una señora-. Enseguida giraríamos la cabeza para reprenderle su actitud, marcharnos escandalizados o, en el más humano de los casos, interesarnos por si sufre algún tipo de trastorno.
Pues pasa a diario y en todos los rincones de los cascos urbanos sin que nos inmutemos hasta el punto de que se ha normalizado totalmente. Dan cuenta de ello farolas, señales, buzones, fachadas de comercios, ruedas de vehículos... y huele, no se crean que no, sobre todo en estos meses de verano.
Evidentemente sus protagonistas no tienen responsabilidad alguna sobre ello -entiéndase aquí lo contradictorio de reclamar derechos para quienes no pueden sujetarse a obligaciones-, pero si debería haber alguien que la tenga al otro lado de la correa, o siguiendo los juegos y las carreras caña en mano desde la terraza del bar, que de todo hay.
El avance ha sido sideral porque ahora ya empieza a rechinar que detrás del grácil paseo quede sobre la acera el regalito sin que se inmute el de la parte de arriba de la correa y, de hecho, se ven con muchas más frecuencia las bolsitas y ese gesto de agacharse, que son unos segundos y tampoco cuesta tanto, para que el que venga detrás no se lleve a casa un recuerdo en las suelas con el que no contaba.
Sin embargo, no ocurre nada parecido con la otra parte del normal desprendimiento fisiológico y se acepta como lo más normal del mundo.
Vaya por delante que no debe ser para nada sencillo de controlar, más cuando ya no se trata solo de una necesidad de los susodichos, sino -dicen los etólogos- de una forma de comunicación que no dista tanto de lo que entendemos por lenguajes. Ahora bien, cabría cuando menos plantearse si entendemos que debe ser así, que no hay solución posible y que al mobiliario urbano o las pertenencias particulares no les queda otra que ser el mingitorio improvisado de una población de mascotas urbanas que va en crecimiento a un ritmo parecido -seguramente superior- que el recorte de los censos vecinales.
Habría mucho que hablar sobre la tenencia de mascotas y sobre si meter un husky siberiano en un piso pequeño tiene un poco de amor por los animales o un mucho de amor propio, pero parece claro que si se quiere disfrutar de esa compañía, ese amparo, esa forma de realización personal o lo que cada uno vea en su mascota, hay que responsabilizarse también de las cargas que implica, en lo que al patrimonio de los demás, y del de todos, se refiere. Tiene necesariamente que notarse que existen diferencias entre los dos lados de la correa.