Cada vez que oigo hablar del botellón aprecio más demagogia que razones y más postureo que ganas de reflexionar seriamente sobre este comportamiento. Esta mañana no tuve más remedio que asistir a una conversación sobre el asunto propiciada por la muerte de una niña de 12 años a consecuencia de un coma etílico tras participar en un botellón. No tengo clara la importancia del problema, si se pretende medir en términos de mayor o menor consumo y de más o menos casos de intoxicación; entre otras cosas porque cuando tenía esa edad también se consumía alcohol, a veces en exceso, pero no se acudía a ningún centro médico. Por otra parte, en cualquier centro hospitalario había antes muchos más casos graves de cirrosis. Por tanto, las estadísticas se me antojan relativas. Tampoco hemos sabido aportar a la juventud alternativas, sensibilización y normas que regulen tal comportamiento social. Creo que donde hay más culpabilidad es en los progenitores y la sociedad adulta en general. Nos equivocamos cuarto y mitad en permisividad, despreocupación y consentimiento. El doble si es en falta de valores y respeto a las normas ¡Una niña de 12 años que ya había sido llevada a casa dos veces con parecidos síntomas! Sin palabras.