Futbolín


Viernes, 3 de la mañana en el pub Momo de Santiago D.C. Estoy con mi novia y mi mejor amigo. Un chaval que dice ser campeón de Galicia se ofrece a echar un futbolín con nosotros. Me toca ser defensa, donde me comporto como en la vida real: pétreo y tuercebotas. Mi primer sucio truco es hacerme el borracho terminal, tropezando, balbuceando, así su delantero se confía y en su primer tiro flojo, pensando que lo tenía chupado, la desvío a mi córner. Aprovecho el rebote y chuto un melón como el de Zidane en la Novena, imparable. Gol.

Dejo de hacerme el beodo, ahora la concentración es máxima. Partido de poder a poder, con transiciones rápidas. Mercedes juega por delante de mí, no tiene tanta fuerza pero la flexibilidad que le da el yoga hace que peine el balón y que sus goles sean suaves como los de Beckham. Lamentablemente el delantero de ellos es artero y me engaña con sus jugadas desde atrás.

Última bola. Quien marca gana. Ya no estamos en el Momo, estamos en el estadio de Wembley. Ya no oímos la canción de Pitbull, solo a nuestra afición gritando y sintiendo cerca el inguinal tacto de la gloria. Caos en el área rival, Mer se encuentra con un balón mal despejado, tira, el tiempo se para, gol, gol, ¡goool! Me quito la camiseta como si fuera Cristiano Ronaldo, pero soy Ronaldo el gordo.

Abrazo a Mer, abrazo ese momento. Hemos ganado el partido y hoy no necesitamos nada más para ser felices. Lo bueno, lo malo, todo pasa. Y así es como intentamos vivir la vida, diluyendo la insoportable levedad del ser en una partida de futbolín. ¡Que lo poco sea muchísimo!

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