Profesores

Cristóbal Ramírez

CARBALLO

14 mar 2016 . Actualizado a las 22:25 h.

La intrusión a las bravas por parte de un grupo de profesores de la universidad que aspiran a ser reconocidos como catedráticos, trabajar como tales y aumentar sus emolumentos trae a la memoria actos similares de otros tiempos, cuando el cadáver de Franco aún no había enfriado y el país se afanaba en construir un nuevo sistema político que no solo pusiera fin a la dictadura sino que también diseñara un espacio de convivencia en el que todos se sintieran cómodos.

Es más que probable que ese grupo ahora curiosamente activo tenga la ley de su parte. Quizás. Pero lo que entra en la categoría de lo dudoso es que sea elegante en una institución de más de medio milenio de vida y, sobre todo, en un escenario democrático. Por suerte, parece ser que nadie tuvo la infeliz idea de grabar la intrusión con su móvil y colgarla en Youtube, porque el bochorno entonces sería -y nunca mejor dicho- mundial.

Y es que nadie en este país está interesado en preguntarse qué universidad hay. Con independencia de que ninguna gallega aparezca en lugares de honor de las clasificaciones al uso, la endogamia sigue siendo su característica más brillante, seguida de la autonomía absoluta del catedrático. Y el mal, que los interesados negarán porque no consienten que nadie les mueva su sillón hasta que se jubilen, tiene un nombre: ser funcionario. Por supuesto que hay funcionarios honestos (la mayoría) y muy trabajadores. Dejémonos de demagogias: en Finlandia, en Suecia, en Gran Bretaña? los profesores de universidad no son funcionarios. Son trabajadores como cualquier otro. Se contratan y, si es menester, se despiden. Allí nadie interrumpe una reunión de alto nivel para pedir que le asciendan.