Patrick O' Flanagan no es el pistolero de una película del Oeste ni un músico de una banda folk. Es un eminente geógrafo irlandés que conoce bien Galicia. Dice que el gran reto político para variar la deriva demográfica como la que sufre la Costa da Morte «es impulsar oportunidades de trabajo para que la gente viva mejor en entornos locales como el campo». No es que sea algo que se haya escuchado por primera vez, pero en boca de un reconocido profesor universitario igual hace mella. Deberían escucharlo los dirigentes públicos y atender alguno de sus consejos, como descentralizar la Administración o invertir más en educación. En realidad esto mismo lo ha dicho mucha gente, pero a los irlandeses parece que les ha dado algún resultado. Comienza un nuevo año y este territorio atlántico se dispone a perder otros 1.000 habitantes más, a razón de unos 100 cada mes. Una sangría que no se detiene. Como si el aire se pudriera poco a poco. Una condena a la definitiva desaparición, una tierra que se va quedando desierta con los tejados de sus casas que se van demoliendo vencidas por las zarzas. Y no es de ahora. Viene ya de varios lustros y ningún organismo público ha hecho nada significativo para evitarlo. Si lo ha hecho, ha fracasado estrepitosamente. Aldeas o localidades que hace tres decenios estaban llenas de vida se ven ahora casi vacías, con la depresión arrastrada por las vías públicas, como muertas. No hay nada peor para un pueblo que la desesperanza clavada en la frente y con la mirada perdida. Lo que hay que rescatar es la esperanza. Este año hay elecciones municipales. Los candidatos a los comicios no deberían devanarse mucho los sesos en elaborar lustrosos programas electorales, que, por lo demás, no suelen cumplir. Ya tienen uno ideal para todos con un solo punto y en letras negras y gruesas: Futuro. Ya hay caminos suficientes y farolas de sobra. Es posible que haya pocos países con tanto asfalto por metro cuadrado entre aldeas y leiras: impecables vías por montes apenas transitadas. Hay más farolas en alguna parroquia de Soneira que en ciudades como Salisbury, donde en algunas calles solo se ven bultos a cuatro pasos. En algunos pueblos de Francia apagan el alumbrado a media noche. Lo que se necesitan son niños corriendo por los parques y esperanza. Pero para conseguirlo hay que hacer políticas con palabras mayúsculas, y también desde los concellos. Y no llega con un cheque de mil euros por cada bebé inscrito en el registro. En el contexto político actual, y aun en plena crisis, es más fácil hacer un bonito jardín que llenarlo de pequeños con futuro. No es cuestión de un partido o de otro. Se trata de una necesidad cuya respuesta merece un consenso generalizado y acciones conjuntas por parte de todas las Administraciones. Los alcaldes son los primeros que deben tomárselo en serio o acabarán por no tener qué gobernar, a no ser que se conformen con llevarle tartas a los viejos en sus cumpleaños. La Xunta acaba de rebajar un 50 % el precio de las parcelas del polígono industrial de Carballo. Igual esta es una buena vía, aunque tendrán que abrir otras más. De momento, los empresarios protestan porque el valor de las parcelas sigue siendo imposible. En A Laracha, Cee y Malpica reclaman el mismo trato. En Vimianzo ven imposible que se implanten más empresas a precios actuales. El problema es más profundo. Algo habrá que hacer para evitar el derrame y poner fin a la galopante anemia demográfica que no se va a curar con acciones para la galería.