De no ser por su poder industrial, que otorga a sus habitantes uno de los PIB más altos de Galicia en relación con su población, Cerceda sería un ejemplo más de los males que han atrapado a los núcleos rurales con toques urbanos del interior de Galicia, a los que los planeamientos, o no llegaron, o llegaron tarde, y a veces según los caprichos o gustos de alcaldes anteriores: desorden urbanístico, cuatro plantas y bajocubiertas al lado de un prado o una casa de aldea, grandes cantidades de paredes a ladrillo visto, edificios a medio terminar... No todo es así, claro, pero destacan más si a unos metros tienen otros de arquitectura razonable. Y tampoco pasa solo con las edificaciones particulares: todavía hoy en día chocan las líneas de la casa consistorial.
Eso ocurre en Cerceda y en muchos sitios más, pero aquí se ha magnificado por la capacidad económica, e incluso por la elevadísima influencia de la emigración: vecinos que han ido dando forma, poco a poco, a las casas por las que tanto han trabajado, sobre todo en Suiza.
Así que el resultado es el que se ve, en especial en algunos puntos de la capital municipal. Pero ya desde el mismo escudo se intuye que los dineros valen mucho más que la estética: hace justo ahora 30 años que se aprobó, e incluye de manera destacada la mina de Meirama, un caso insólito incluso en España. Su chimenea y la torre de refrigeración marcan ya no su propio entorno, sino casi el del municipio a kilómetros. Humos, trenes, camiones constantes, un polígono anárquico, depósitos de residuos... Es difícil luchar contra eso, sobre todo cuando da de comer.