«Venche todo á cabeza moi rápido»

Santiago Garrido Rial
s. g. rial CARBALLO / LA VOZ

CARBALLO

Ramiro Cerviño.
Ramiro Cerviño. Ana Garcia

Ramiro, Luciano y Ángel recuerdan qué pensaban en los instantes fatídicos

02 nov 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Los tres protagonistas de esta página han estado al borde de la muerte. Dos, por infartos muy severos, y uno, por un atentado terrorista en el que murieron cuatro personas (dos compañeros guardias civiles y dos etarras). Son experiencias que marcan y que cambian la vida, o al menos llevan a que se vea de manera diferente. Y como ellos hay muchos más: accidentes de tráfico en los que la salvación casi parece un milagro, enfermedades gravísimas en las que al final gana la recuperación, comas que duran días, semanas o meses y parece que no hay salida (pero la hay). Ramiro, Luciano y Ángel recuerdan qué les ocurrió, y pueden contarlo.

Hay muchas manera de morir, pero en un atentado terrorista le queda reservado a algún infortunado que pasaba por el sitio equivocado en el peor momento (en España hay ejemplos sobrados), o a quien trabajaba en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en los años de plomo (y otros años) de la barbarie etarra. A este segundo grupo pertenece Ramiro Calviño Pereiro. Pero a él le tocó vivir. Guardia civil jubilado, estaba destinado en Intxaurrondo, Guipúzcoa. El 13 de julio de 1980, con 27 años, formaba parte de una patrulla-escolta con otros siete compañeros en Orio. Tuvieron que circular por una carretera que no tenía salida. Un comando los esperaba. Eran seis, vestidos de verde, con gorras del mismo color, para confundir. Pertrechados con gran armamento (ametralladoras, granadas de mano) atacaron el convoy, con una emboscada preparada tras cortar el paso a los vehículos oficiales. Comenzó una balacera que acabó con dos agentes muertos y otros dos etarras, además de varios heridos. Ramiro tuvo suerte dentro de la mala suerte, con heridas de máxima gravedad: en la cara, la cabeza, otras partes del cuerpo. Fue trasladado en ambulancia al hospital. Pasaría medio año en varios: País Vasco, Zaragoza, Barcelona. Lo trasladó la Cruz Roja. Un voluntario le cogió la mano. Pensaban que se moría.

El tiroteo duró 15 minutos. «Foron eternos. Ata un minuto o é», recuerda. Tenía más miedo de fallecer en ese momento que después. Es cuando se piensa de todo. «Venche todo á cabeza moi rápido, como un ordenador revolucionado: pensas na familia, en moitas cousas». ¿Y después, cuando pasa el tiempo? «Valoras máis a vida, daslle máis valor ás cousas». A veces no se acuerda de lo que pasó ayer o hace una semana, pero nunca se olvida de aquel 13 de julio.

Tampoco se olvida Luciano Rey Carracedo, carballés de 57 años, del 26 de abril del 2012. Ese día jugaba un partido con su equipo, el Bergantiños de veteranos. De repente, se desplomó. Era un ataque al corazón, un infarto de miocardio. Gracias a que utilizaron un desfibrilador, sobrevivió. «Foi unha sorte enorme», señala. No se acuerda de nada, no hubo dolor, ni aviso, solo desplome. «Os que estaban alí pensaban que morría». Despertó en el campo y se lo llevó la ambulancia. No entendía nada. Pasó tres semanas en el Chuac coruñés. «Dixéronme que, en infartos como o meu, de 100 sae un ben. E tocoume a min».

También el campo del Bergantiños y un infarto marcaron a Ángel Domarco Vieites un 28 de febrero del 2010. Él sí tuvo un aviso de que algo grave iba a pasar: dolores. Lo trasladaron en ambulancia al Chuac y en Paiosaco lo cambiaron a una medicalizada. Ahí llegó el fatídico momento: parada cardíaca. Estuvo un minuto y pico en muerte clínica, pero lo reanimaron. Una situación crítica: «Estaba como durmido. E venche como unha luz branca á cabeza. Púxoseme todo branco». Pasó por quirófano, estuvo una semana ingresado y le cambió la vida: «Fumaba moito, bebía algo, e agora nada de nada. Quérolle moito á vida».

testimonios

«Fumaba moito e bebía algo. Agora nada. Quérolle moito á vida»