Las exigencias normativas obligan a evitar el sufrimiento del animal
12 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Visto lo visto, con la realidad en la mano, a casi todo se le puede aplicar eso de que «a todo porquiño lle chega o seu San Martiño». Incluso a la tradición misma de dar muerte a los gorrinos le ha llegado su hora. Y no tanto porque haya desaparecido la costumbre ancestral de llevar a cabo la matanza de los cerdos tras la simbólica fecha del 11 de noviembre, como por la forma en que empieza ya a realizarse.
Los chillidos de los cerdos ya no constituyen la banda sonora con la que arrancaban en muchas aldeas de la comarca un buen número de jornadas otoñales. Las matanzas domésticas, para alegría de unos y resignación de otros, ya no son lo mismo desde que la normativa y, sobre todo, la comodidad de recurrir a un carnicero ha cambiado el uso del cuchillo por una pistola de aire comprimido para dar muerte a los gorrinos.
De forma rápida
Desde hace años, las exigentes normativas sobre bienestar animal obligan a evitar el sufrimiento del animal durante su sacrificio. Es decir, si tiene que morir que lo haga lo más rápido posible y no con esa lenta parsimonia con la que el animal se iba desangrando tras un par de certeras cuchilladas del matachín de turno en la parte baja de su pescuezo.
Todo ha cambiado tanto que ya ni se juntan los vecinos como antaño para echar una mano en las labores de la matanza. Apenas, el propietario del animal y un avispado carnicero que, pistola en mano, dispara una especie de bala en la frente del gorrino provocando que se desplome al momento. Después, se procede al imprescindible y completo sangrado con el que se garantiza una mejor conservación de la carne.
«Non é tanto polo tema da lei como pola comodidade que proporciona que alguén, por pouco máis de 50 euros, veña a matalo e despezalo a casa», reconoce un vecino que bromea con el hecho de que la tradición se olvida cuando los chorizos ya están curados.
«A carne consérvase coma antes e pasamos bastante menos traballo. Antes eramos moitos a matar o porco. Era como unha xornada de festa. Agora nas aldeas xa só quedamos catro vellos e, para colmo, aínda nos quitan a carne de porco polo conto do colesterol», bromea.
Esta última cuestión, la de la salud, ha provocado, igualmente, que muchos vecinos hayan perdido la costumbre de criar el animal durante todo el año en sus casas recurriendo directamente a las carnicerías. Antaño, prácticamente no había una vivienda en la zona rural en la que no se criase al menos un cerdo al año para consumo propio.
Sea como fuere, el día de San Martiño supone el pistoletazo, y nunca mejor dicho, de salida para las matanzas de cerdos en la comarca. Una tradición centenaria que, para bien o para mal, se ha ido adaptando a la ley y a la realidad de los nuevos tiempos.