Tachibana sabe que cuando se vaya quedarán sus obras pero no quiere discípulos. Ya ha asumido que su destino está ligado a Muxía para siempre, pero tampoco tiene claro si realmente eso ha tenido alguna influencia importante en su pintura
-¿Cree que hubiese pintado de otra manera de estar en Muxía?
-Eso nunca lo podremos saber, pero es cierto que el clima, el sol y la luz influyen mucho en el carácter de la gente, con lo que si estuviese en Japón a lo mejor mi forma de pintar hubiese sido diferente.
-¿Cómo quiere que lo recuerden cuando ya no esté?
-Cuando me muera mi obra hablará de mi porque lleva sentimiento. La pintura, los cuadros que dejo, son lo que yo he vivido y lo que he sentido. Ahí está una especie de diario de mi existencia que supongo que servirá para que me recuerden en un futuro cuando ya haya desaparecido para siempre de este lugar de la Tierra.
-¿Nunca pensó en dejar algún discípulo, en enseñar a alguien a pintar como usted?
-Lo intenté una vez pero es inútil. No se puede enseñar a nadie a pintar. Eso es genética, depende del carácter de cada persona y resulta muy difícil de modificar. Solo los niños de tres o cuatro años tienen la posibilidad de desarrollar sus verdaderos instintos, a partir de esa edad estamos castrados. La educación que nos dan acaba con esa naturalidad.