Malpica se acostó muy tarde el pasado miércoles por la noche y muchos de los que se fueron a la cama no pudieron conciliar el sueño. La brisa helada del Atlántico trajo otra vez los rumores de una nueva tragedia. El mar se tragó otro pesquero de la localidad, justo veinte años después del octubre negro. Aquel otoño que se llevó 28 vidas en tres siniestros marítimos, sin que el océano ni siquiera devolviera los cuerpos de la mayor parte de las víctimas. Madres, esposas y hijas lloraban en las ventanas desesperadas porque ni siquiera tenían una tumba a la que llevar flores y dejar vaciar todas las lágrimas calladas que llevaban dentro.
El Estesky apareció entre la niebla como un monstruo submarino y se llevó por delante al Tabar. En unos segundos los tripulantes del pesquero se vieron sumergidos y luchando por salvar las vidas. Uno no ha vuelto. Pedro Ángel Romay Barizo pedió su barco, su medio de vida, pero se ha quedado sin lo que más quería, su hijo Sergio, ese chaval sencillo que los fines de semana roturaba con el tractor la huerta del abuelo. Que se contentaba con salir a pasear con su esposa, Elizabeth, que ahora recorre posesa las rocas próximas al cíclope de Alceo en busca del cuerpo de su amor. Unas vidas destrozadas cuando más esperanza abrigaban en sus pechos. Dice Pedro que de haber sabido que su hijo había desaparecido, no habría peleado por salvarse.
La tragedia echó amarras en Malpica y regresó justo 20 años después para recordar que los pueblos marineros pagan un duro tributo al mar. Un descuido, el azar, un fallo mecánico, una ola traicionera... Las sepulturas del cementerio malpicán están llenas de segundos de mala fortuna, la misma que cada poco acerca el viento helado de la muerte y deja en silencio a todo un pueblo de repente.
Bernardino Romay era feliz todos los domingos cuando veía a su familia junta a la mesa. A partir de ahora habrá una silla libre y solo el recuerdo de Sergio permitirá amortiguar ese inmenso vacío.