Hubo un tiempo en el que la deuda externa no era un concepto económico. Era un lugar en el mapa. Un sitio lejano y exótico. Se situaba en el sur y el centro de América. Y Europa y Estados Unidos miraban entonces hacia aquellos países con esa mezcla de reprobación y paternalismo del profesor que regaña al alumno que sabe que no ha podido hacer los deberes. Fue fácil agarrarse a tópicos con aliño xenófobo. Repetir aquello de que cada persona y cada pueblo tienen lo que se merecen. Negarse a analizar cualquier otra circunstancia que alimentara el naufragio. Como si las turbulencias económicas azotaran a los países movidas exclusivamente por una suerte de justicia poética e hicieran pagar al ciudadano sus peores pecados. Merkel, esa política incapaz de gestionar la crisis del pepino, acusó a los españoles de vagos. No importaron los datos, lo lanzó al viento como si escupiera una verdad universal. Posiblemente incluso llegara a convencer a Obama. Pero el presidente estadounidense se encontró con la embestida de Standard & Poor?s, uno de los modernos jinetes del Apocalipsis que cabalgan con alegría por una crisis que ni de lejos adivinaron. El capitalismo devorando su propio corazón. Un acto de canibalismo supremo. Obama aseguró que Estados Unidos siempre sería una triple A, la mejor nota que ofrecen estas agencias de calificación. Cuestionó los mecanismos que colaboraron en el derrumbe de otros. Recurrió a otro lugar común. El de la potencia inquebrantable, elegida por Dios, surcando los océanos de la adversidad. Probablemente Merkel lo suscriba. No importa. Los mercados se comen las palabras de cualquiera.