El sumario de la Orquesta ha sido diseccionado prolijamente en las últimas semanas. Falta que alguien cuente qué marca de papel higiénico utilizan los encausados y si tiraban de palillo tras las comidas con los constructores o eran más de seda dental. En cuestión de contenido poco más se puede decir que no se haya contado ya, al menos en temas relacionados con la investigación judicial.
Sin embargo, hay una parte del legajo que todavía no ha sido explicada y que merece, más que estas líneas, una tesis doctoral. Se trata del estilo que emplean los imputados en sus comunicaciones. Puede parecer una cosa menor, pero las palabras dicen mucho de quien las emplea. Todos saben que la mafia tiene su propio código, su propio argot (véase El padrino), la nobleza el suyo, los sacerdotes usan otro y los abogados uno distinto, por poner varios ejemplos. Lo que no se sabía, o al menos no había documentos escritos que así lo plasmaran, es que los constructores de la Costa da Morte y sus más directos allegados profesionales, gastaran uno particular.
Explicarlo resulta difícil. Las expresiones empleadas parecen propias de un tahúr blasfemo, pero también de un revendedor de entradas, de un navajero en plena faena o de un Al Capone en decadencia intelectual. El lenguaje oral, se sabe, es distinto del escrito y no se espera su perfección y complejidad, pero es que muchos de los que hablan son incapaces de acabar una frase, convirtiendo sus intentos de comunicación en elementos difícilmente inteligibles plagados de santos y vírgenes arrastrados verbalmente por el lodo.
En eso también hay grados y dentro del sumario los hay que en cuestiones estilísticas quedan mejor y peor parados. Ramón Vigo, a quien últimamente le caen por todas partes, es sin duda quien más esplendor le saca a la lengua. No solo no emplea el lenguaje soez de quienes lo acompañan en la Orquesta, sino que hace gala de un fino sentido del humor, de agradecer entre tanta blasfemia. Falta le hace en estos tiempos.