El particular tsunami de Camariñas

Eduardo Eiroa Millares
E. Eiroa CEE/LA VOZ.

CARBALLO

El día después del gran temporal la costa camariñana hacía recuento de daños y empezaba a limpiar la gran franja afectada entre Camelle y Santa Mariña

11 nov 2010 . Actualizado a las 10:46 h.

A medio centenar de metros del arranque del dique de Camelle una leira resume el trance por el que pasaron el martes los vecinos de la localidad camariñana. Una buena parte de las robustas berzas que crecían apuntando al cielo lo hacen ahora en un ángulo distinto, dobladas por la fuerza del mar. Del mar, y no del viento, porque entre sus gruesos tallos permanecían ayer restos expulsados por las aguas, desde trozos de redes hasta piedras y vegetación costera.

Que las olas llegaran hasta allí no era cosa fácil. Antes tuvieron que hacer una carrera de obstáculos de más de un centenar de metros. En su camino destrozaron varios muros de piedra, bloque y cemento, pasaron por encima -y por dentro- de al menos tres viviendas y salvaron varios muretes de roca que dividen varias fincas.

Si las berzas quedaron así, las casas, situadas en primera línea, amanecieron el martes aún pero. Ayer sus dueños trataban de recuperarse del susto. El orden y la limpieza imperaba en el interior de las casas, pero no alrededor de ellas, donde el paisaje recordaba a los que dejan los tsunamis. Entre restos del mar, otros de los inmuebles. Pilones rotos, máquinas de gimnasia inservibles anegadas en un sótano, vegetación arrastrada por las olas, trozos de hierro llegados de no se sabe dónde y otros recuerdos más de un día para olvidar cuanto antes.

El recorrido por la catástrofe sigue hacia Arou. Imposible llegar allá por la carretera de la costa. El mar se la llevó por delante. Dando un rodeo se alcanza la localidad desde el monte. Frente al mar un grupo de operarios municipales hace lo que puede por limpiar el paseo. Frente a la playa, alineados al lado de la carretera, los grandes bloques de piedra que separaban el paseo marítimo del arenal. El temporal los arrancó de su lugar y los repartió por el entorno como si fuera corchos flotando.

El Ayuntamiento puso una valla para impedir el paso de vehículos frente al puerto de Arou. Tampoco era muy necesaria, porque el desaguisado se ve de lejos. El Atlántico escupió lejos croios y láminas de hormigón y asfalto. Ayer muchos vecinos disfrutaron de una jornada otoñal de turismo de catástrofes. Muchos se acercaron a ver lo que quedaba de la casa y de las esculturas de Man en Camelle. Otros se pasearon por Arou. En el puerto, entre grandes rocas repartidas por la superficie portuaria, alguno se dedicaba a pescar. No muy lejos una pareja se hacía fotos con la carretera hecha añicos.

La ruta del temporal sigue en Camariñas por la vecina localidad de Santa Mariña. Allí se llevaron, seguramente, la peor parte. Varios marineros se afanaban en arreglar sus casetas, muchas de las cuales perdieron sus puertas el martes. Otros se afanaban en recuperar los aparejos todavía reutilizables esparcidos por el puerto. Nasas y redes quedaron convertidos en una masa revuelta. Muchos acabaron en la basura.

Por el puerto se pasaron operarios de Portos por la mañana para hacer una primera estimación de los daños. Aún no hay cifras, pero no será barato dejar aquello tal y como estaba un día antes de que el mar decidiera jugar con la tierra. Richard Tajes hace de guía por el espigón. Lleva allí solo unos años. Solo en un día envejeció de golpe. Dos golpes de mar, recuerda Tajes, testigo del impacto de las olas, se llevaron varios metros cuadrados del asfalto. Otros muchos acabaron dejando tocada la propia estructura del dique, en el que podían verse grietas de varios metros de longitud y grandes piedras separadas del lugar al que originalmente fueron fijadas con hormigón.

Casi ni extraña, después de comprobar que las olas movieron en Camelle de su sitio un puñado de bloques de decenas de toneladas que seguramente deberán ser recolocados.

A Portos le queda un largo trabajo en Santa Mariña. Tendrán que volver a poner en su sitio decenas de metros de barandilla, limpiar rocas y reponer firmes. También retirar la arena que el océano decidió arrojar a tierra firme.

Al otro lado del puerto, en las casetas, el camino de acceso sigue convertido en una amalgama de rocas y restos de cemento. «E menos mal que non lle pasou nada a ninguén», decía un vecino. Parece increíble, con el paisaje que dejó el temporal.