Las instalaciones destinadas a resguardar a los transeúntes son el blanco predilecto de toda clase de desaprensivos
24 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Entre todas las dotaciones situadas en los espacios públicos, las marquesinas han sido, históricamente, las que peor trato han recibido por parte de todo aquel que tiene alguna relación con ellas, desde las Administraciones que las instalan hasta los usuarios que las destrozan.
Desde que la Diputación, la Xunta, los concellos e incluso algunas entidades privadas empezaron a colocar casetas por la Costa da Morte, se han sucedido todo tipo de diseños con los materiales más inadecuados y antiestéticos posibles. Las cristaleras propias de una boutique de moda y los hierros endebles que ya estaban oxidados antes de colocarlos comenzaron a irrumpir con fuerza en un paisaje eminentemente rural. Con el tiempo y la experiencia se fueron corrigiendo, en parte, esos dislates y cada vez se prima más la durabilidad de las instalaciones.
Desde pequeños, muchos niños de la comarca convirtieron el destrozo sistemático de las marquesinas en un deporte cotidiano, sin que nadie les enseñase que las cosas que son de todos merecen el mismo respeto o más que las de uno mismo.
Luego llegaron los políticos, dispuestos a convertir sus caras de papel cuché en un elemento más de la suciedad reinante. Después de muchas generales, autonómicas y municipales, los partidos, por fin, han entrado en razón y se han dado cuenta de que la solidez de sus propuestas no se mide por los kilos de cola que dejan por todas partes.
Finalmente, con los escolares y los candidatos bastante más civilizados, ha nacido una nueva moda que practican mayoritariamente adolescentes y jóvenes. Consiste en cambiar el legítimo derecho a divertirse durante las noches de juerga por la libre autorización para romper todo lo que tiene alguna utilidad.
La suma de todos los elementos anteriores ha generado una especie de cultura del destrozo, de la que se pueden observar ejemplos en todas las localidades de la comarca, desde Cerceda a Fisterra.
Los anuncios publicitarios, superpuestos unos sobre otros ensucian los paneles acristalados con restos de pegamento a prueba de los inviernos más duros. Esos mismos vidrios presentan impactos de perdigones, golpes con objetos contundentes y, en algunos casos, le han cedido el lugar a las mismas piedras que los han quebrado.
El resto del trabajo los hacen los hierbajos, la tierra y demás suciedad que se acumula en los entornos de las marquesinas sin que nadie les ponga mano.
El resultado son unas instalaciones que en vez de cumplir su función de servicio público sirven como escaparate de la falta de civismo de aquellos que deberían conservarlas.