Conserva múltiples recuerdos de su tiempo de niñez y adolescencia en Brens y Cee: las horas de pesca con su abuelo, los juegos en la calle o algunos pinitos en la música
13 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Es, desde febrero de 2009, ministro de Justicia, aunque en Cee y para su gente es solo Fran Caamaño. Y eso le encanta. Nació en Brens el 8 de enero de 1963 y allí residió algo más de diez años. Ahora tiene 47. Vivía justo detrás de lo que hoy es Ferroatlántica y, entonces, se entretenía «vendo chegar os os barcos cargados de carbón e manganeso». Haciendo eso, él y sus compañeros de fatigas conocieron «os primeiros homes de cor negra e tamén asiáticos». Lo vivían con total normalidad, pero después se darían cuenta de que, en ese sentido, habían sido vanguardistas. En las embarcaciones conseguían desde chocolatinas hasta lápices de colores o, siendo algo más mayores, paquetes de Malboro, Winston o botellas de whisky. Reconoce que a los 16 años se fumaba ya «en público» y no era raro tampoco jugar la partida con una copa de Magno o Veterano al lado de la mano. «Algo terrible, pero era así». Era la época dorada del café con caña.
Caamaño vive con naturalidad su actual cargo. Con cordialidad, cercanía y una sonrisa siempre presente mientras habla. Rememora la cultura cosmopolita de la ría de Corcubión, su «tradición do mar británico» y que en un tiempo hubo en esa zona hasta veinte consulados. Los primeros estudios del que hoy es ministro de Justicia implicaron sus esfuerzos. No porque le costase aprender -todo lo contrario- sino porque tenía que ir andando desde Brens hasta la actual escuela Manuela Rial Mouzo. Lo hacía acompañado de uno de sus hermanos, once meses menor. Después llegaría Transportes Carballiño , «o que nos quitou as molladuras».
Caamaño entregaba «horas e horas» a la pesca de robalizas y «sarretas» en el muelle, con su abuelo. Hasta O Pindo, Touriñán o Lira iban en una Vespa. Se levantaban tan temprano que, a veces, «víamos amencer nesta costa marabillosa». El «avó Cobas» era revisor de Transportes Finisterre y eso le permitía hacerse fácilmente -por sus viajes- con aquellos carretes Segarra. También con otros enseres, como golosinas para los nietos, piezas de recambios para coches o, incluso, dientes. «Recordo as dentaduras que traía meu avó dende A Coruña para un dentista de aquí. Por ir buscalas e levarllas dábanme uno peso ou dous e eu xa era feliz». Esos viajes del abuelo Cobas le permitieron tener juguetes como los «vaqueiriños de plástico», pero sin duda alguna se decanta «polos xogos que se facían na rúa». El fútbol era esencial y también se adentró en el balonmano con un equipo del Manuela Rial. «O máis divertido eran as guerras nas chalanas, as agochadas ou cando nos metiamos polos sumidoiros mentres se estaba facendo o relleno, síntoma de novos tempos. Levabamos lanternas e xogabamos a encontrarnos uns aos outros».
El traslado a Cee le pilló con once años. En esa casa (enfrente del instituto Fernando Blanco) nacieron sus otros dos hermanos. Ganó un hogar nuevo y céntrico -así no tenía que regresar temprano a casa en las fiestas- y muchas nuevas amistades y lecturas, pero perdió la leira al lado de casa en la que hacían su vida perros o gallinas. «Foi un cambio, pero desexado por todos». Disfrutaba de la plaza, del Campo do Vallecas o de la escalera de la «escuela das nenas» donde tantas horas pasó comiendo pipas.
De Xunqueira en Xunqueira
«En Cee hai só dúas estacións, antes e despois da Xunqueira». Las realidades cambian. Caamaño pertenece al tiempo en que se bailaba delante del palco. «Así se ligaba». Recuerda al dúo Gala como una gran atracción. Mucho más que la misa, de la que se intentaba escaquear. «A verdade, nunca fun moi relixioso. Vívoo con bastante distancia, pero por suposto respétoo». Pasó de vivir intensamente las procesiones «cunha vela tapada cunha botella de lixivia ao revés para que non se apagara» a no querer ir. Recuerda entre risas, eso sí, el San Cristóbal de Corcubión. «Iamos un grupo de rapaces nun camión de Carburos Metálicos, que logo sería Ferroatlántica, así que podes imaxinar como acababa a roupa nova. A grande gracia era facer soar as bocinas, para despertar á xente ata que saían e nos mandaban calar. Son recordos que gardo con cariño». Y es, también, la rivalidad -admitida, sana y persistente- entre Cee y esa villa. A Caamaño incluso le 'fastidiaba' que en los mapas de aquellos años en los que grandes barcos repostaban carbón en esa localidad, Corcubión apareciese con letras muy grandes. Ese enfrentamiento se manifestaba también en el fútbol. Los partidos eran clave en los días de fiesta.
Los de Cee tuvieron «o privilexio de ter unha sala de festa que foi todo un referente». La Xunqueira , en la que el hoy ministro pudo admirar a Massiel, Miguel Bosé, Manolo Escobar o a Lolita, entre otros. Era la época del tabaco rubio y los cubalibres. Las cosas cambian y, Caamaño, por ejemplo, echa de menos beber el Ribeiro en tazas. «Non sei por que temos que tomalo agora en vasos», afirma. En el cine España -ellos lo llamaban Cine de Jiménez - veían películas de vaqueros y romanos. Después, «espadeaban» en la calle para imitar a los actores y, más tarde, además de procedimientos cinematográficos, «aprendemos outras cousas». Los primeros amores. Mercedes, su mujer (con la que tiene dos hijas, de 26 y 12 años) formaba parte de aquella pandilla de Corcubión a la que desde Cee iba a visitar el grupo entre el que estaba Francisco, «aproveitando a seca da praia».
Son recuerdos de origen. «Cee é o centro de ubicación para a nosa familia e ata aquí veño sempre que podo. Canto máis experiencias vivo e viaxes fago, máis a gusto me sinto onde nacín».