Dos semanas después de la sustracción del cuerpo todavía no ha sido localizado el cadáver, retirado del cementerio antes de su exhumación para las pruebas de ADN
06 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.En el mundo de la crónica de sucesos la realidad supera casi siempre a la ficción. Las rarezas delictivas dan para una buena antología capaz de dejar al lector un buen rato con la boca abierta. La desaparición de Crisanto López, sin duda, ocuparía los primeros puestos en la lista de las más sorprendentes.
Crisanto López Míguez era un conocido empresario de origen muxián afincado desde hacía años en Cee. A lo largo de su vida amasó una considerable fortuna dedicándose a la venta de madera. Fue uno de los que contribuyó a convertir el puerto de Corcubión en una referencia nacional en la exportación de ese producto. Le fue bien. Montó un aserradero que todavía funciona y adquirió numerosas propiedades, algunas de ellas de gran valor.
En junio del 2007, a los 81 años de edad, murió y fue enterrado. Fueron muchos los vecinos y familiares que le dieron el último adiós en el cementerio ceense de San Adrián de Toba. Para alguno, seguramente, ese adiós fue solo un hasta luego.
Hasta ese momento todo es normal. Sus tres hijas heredaron fortuna y propiedades y la vida sigue. Hasta que apareció Manuel Enrique Caamaño Vidal reclamando su parte después de unas desavenencias con alguna de las herederas.
Caamaño Vidal, de Vuiturón (Muxía) se llevaba bien con Crisanto López. Se parecían mucho y el maderero, parece ser, no ocultaba su paternidad. Pero hacía falta que la carga genética apareciera en los papeles para que el presunto hijo pudiera reclamar la herencia.
Así que puso el asunto en manos de un abogado -lo lleva Antonio Platas- para que el juez determinase las pruebas que había que hacer para demostrar esa paternidad.
El caso recayó en el Juzgado número 1 de Corcubión. Cuenta Caamaño Vidal que las hijas de López se negaron a ofrecerse para la realización de las pruebas de ADN. Entonces la jueza decretó la única vía posible para verificar si en efecto era hijo o no del difunto: la exhumación del cadáver para tomar muestras que llevar a un laboratorio para compararlas con las de Caamaño.
Fue más o menos a esas alturas del proceso cuando el descanso dejó de ser eterno para el difunto Crisanto. Cuando el forense y los funcionarios judiciales llegaron a Toba para sacar el cadáver y tomar las muestras se encontraron con el nicho vacío. La silicona fresca de la lápida evidenciaba que alguien se les había adelantado para llevarse a Crisanto con su féretro.
En el interior de la sepultura solo quedaban los restos rotos de la pared de ladrillo que cierra los nichos. No había confusión posible. Alguien había robado el cadáver.
No había confusión porque fueron cientos las personas que los despidieron en el cementerio en junio del 2007. Cientos de testigos que, si bien no vieron el cadáver, sí vieron la caja entrando en el panteón y al operario cerrándolo después con cemento y ladrillos. Y no no solo desapareció el cuerpo, sino también la caja. Al proceso civil para determinar la paternidad se le sumó, lógicamente, otro proceso, penal, por profanación y robo de cadáveres.
La familia denunció la desaparición, pero el presunto hijo de Crisanto sospecha que la otra parte pudo tener algo que ver. Demasiada coincidencia.
La juez ordenó que se abriera entonces una investigación. Hoy, más de dos semanas después de la desaparición del cuerpo, Crisanto sigue en paradero desconocido.
En Cee se especula con variadas posibilidades. Una de ellas apunta a que quien lo sacó del nicho pudo haberlo depositado en otro de los muchos que están vacíos en el camposanto de San Adrián de Toba. Sin embargo, hasta el momento no se han abierto más sepulturas para tratar de localizar al difunto.
El caso se encuentra bajo secreto de sumario y no se sabe qué pruebas se están realizando para dar con el desaparecido.
El presunto hijo quiere que se culmine la búsqueda y que se le realicen las pruebas de paternidad. Mientras no aparece, además, su abogado ha pedido la suspensión del proceso civil abierto. Él tiene clarísimo que Crisanto López es su padre. A punto estuvo de llegar a un acuerdo con las herederas, cuenta él, pero finalmente, por una cantidad menor, no hubo trato. Ahora quiere llegar hasta el final. Si antes el propio López le había ofrecido una casa medio en ruinas en Vuiturón, ahora, si se llega a demostrar que es hijo suyo, la ganancia puede ser mayor, aunque Caamaño asegura que no inició el proceso por dinero. En principio, aclaró, estaba dispuesto incluso a renunciar a todo. Fueron las formas, dijo, y un enfrentamiento con una de las hijas del maderero.
Sea como fuere, por ahora Caamaño sigue sin poder comparar su ADN con ningún otro. Los hay que dicen que el cuerpo no aparecerá más, que ya puestos a moverlo, quien lo hiciera, se aseguraría de que desapareciera. Pero también los hay que no creen que nadie tenga tanta sangre fría como para llevarse un cadáver de un cementerio con nocturnidad y alevosía para encargarse después de no dejar ni una huella del difunto.
Por ahora todo apunta a que habrá que esperar. Puede que algún día Crisanto López vuelva a ocupar su nicho en Toba. Seguramente, si supiera que las cosas iban a terminar así, hasta es posible que no se hubiera muerto para evitar el bochorno.
Caamaño no quiere que el caso caiga en el olvido. Si se descubre quién se llevó el cuerpo y aparece el cadáver, además de las pruebas de ADN, es posible que la jueza mande a la cárcel al ladrón, por una parte por profanación y robo y, por la otra, si se demuestra, por obstrucción a la justicia.
En el cementerio sigue puesta su lápida en el mismo sitio, con unas flores de plástico cerca y una leyenda clásica, de esas que suelen aparecer en muchas tumbas: «Tu esposa e hijas no te olvidan».