Histórico del sindicalismo y de lo que hoy es la CIG, dice que su único credo es la defensa de la clase trabajadora
17 oct 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Puede sonar raro que se denomine «histórico» a alguien que tiene solo 55 años, cumplidos además hace un mes, pero es que Indalecio empezó en esto muy joven, y el sindicalismo tampoco es de la edad de Matusalén, ya que su trayectoria se quebró en el franquismo, pese a que en esta época estuvo vigente el denominado sindicato vertical.
Paradójicamente, fue en una de sus secciones, y de delegado, como Indalecio comenzó su trayectoria. «Nomeáronme a dedo, nunca souben quen nin por que». Tenía solo 18 años, trabajaba de albañil en una empresa de A Coruña, y fue a raíz de ese momento cuando nació su vocación de servicio público.
Indalecio nació en A Laracha, en la antigua calle Santa Lucía. Es hijo de Ramón do Cesteiro, «o mellor da volta, co seu traballo criou a catro fillos». Los cuatro ayudaban y, naturalmente, también aprendieron el oficio. «Collíamos varas de vimbio, salgueiro, abeneiro. Meu pai facía cestos e todo tipo de elementos con varas, e tamén caínzos para os carros». A él, como al resto, le tocó espabilarse desde crío, así que a los 16 años empezó de albañil en A Coruña, cogiendo cada día el autobús obrero a las 6.30 de la mañana para poder llegar a la obra. Su primer sueldo fue de 25 pesetas a la semana, aprendiendo el oficio. Para emplearse precisó una firma del alcalde, Antonio Dosil. Empezar significaba ser ayudante para todo,llevar el agua, hacer zanjas. Fueron años «moi duros, complicados». Por las dificultades de la labor y por las de la vida en general.
Poco después lo designaron delegado sindical y él se aplicó en su labor. Los primeros episodios los recuerda perfectamente, como aquella vez que, construyendo unas instalaciones para Piensos de Sil en Arteixo, protestó porque no se les pagaba el complemento de alturas. En realidad, la medían desde el suelo, pero ellos trabajaban sobre grandes huecos que hacían crecer las medidas. Sus protestas le costaron el castigo de ponerse a contar coches a diario. Tenía entonces entre 19 y 20 años.
Hubo quien le dijo 'non te metas nisto', pero no les hizo caso y se metió hasta el fondo, de obra en obra, yendo a donde lo mandaban. Uno de sus viajes lo marcó para el resto de vida. Fue en Asturias, también por encargo de Piensos de Sil. «Alí si que aprendín». Los mineros iban muy por delante del resto en el movimiento sindical, en la actuación conjunta para la defensa de sus intereses. «Fixeron unha folga e pedíronnos que os apoiásemos. Nós dixémoslles que case non tiñamos cartos para a pensión, así que non podíamos. Pero eles contestaron que nas súas casas tiñan espazo e comida para nós. «Aí foi donde vin por primeira vez a solidariedade da clase traballadora». En Trubia, muy cerca de Oviedo. Estuvo solo unos ocho meses, pero le quedaron en la memoria.
Primera huelga
Después vino la mili, y sin acabarla se convocó la primera huelga de la construcción en A Coruña. Indalecio repartió pasquines ¡vestido de uniforme! Lo pillaron, pero recibió una ayuda para salir del atolladero.
Tras el servicio militar empezó su periplo sindical ya más formal , primero en la CESU, después en la INTG y con el tiempo acabaría en la que ahora, desde hace ya mucho, es la CIG. Compatibilizó sus tareas en la obra (lo dejó siendo ya encargado) con la atención sindical, y desde hace unos quince años se dedica plenamente a esta última con responsabilidad comarcal, pese a que en la nomenclatura de la CIG es local.
Echando la vista atrás, recuerda que los peores momentos los vivió con el golpe de Estado del 23-F. Acababa de tener un hijo y recibió amenazas. Incluso había una posible vía de salida hacia Portugal, por si acaso. Pero, por suerte, para él y para todos, se quedó en un susto.
Muchas veces le han preguntado que para qué vale eso de los sindicatos. «Aínda hoxe hai xente que o fai», pese a que parezca increíble. Sus opiniones sobre este tema darían para una página entera. Hay cosas que tiene muy claras. Como que «se non se pelexa polas cousas, non se consegue nada». Reconoce que se han logrado muchas, «pero podíanse ter máis se a xente estivese sempre unida. Houbo moita conformidade nos anos bos, nada que ver con cando empezamos, que non podíamos ir catro xuntos pola rúa porque mallábannos».
Sabe que mucha gente critica a los sindicatos. Y lo entiende. «Non somos todos iguais, hai moitas diferenzas. Non todos pelexan polas mesmas causas, hainos que bailan entre dúas augas. Na CIG temos moi claro, eu dende logo, que o noso compromiso é o da defensa da clase traballadora. Outros que dependen dos recursos públicos non poden chegar a bo porto, nós defendémonos cos afiliados e as cotas sindicais, e nesta comarca somos a principal forza».
Desde su experiencia, ha visto y sigue viendo muchos abusos laborales. Cree que «o máis grande» es el despido de mujeres que se quedan embarazadas, pero también cobrar una nómina distinta a la que figura declarada, no cobrar un finiquito que se ha firmado. «Sempre lles aviso de que non firmen nada ata que falen connosco, moitas veces, cando chegan, xa é tarde». En su opinión, «canto máis paro hai, máis gañan os empresarios». Hay días que se va a casa satisfecho con los resultados logrados, otras veces «é mellor non acordarse», sobre todo cuando le toca «ver que se cometen inxustizas». Lo que ocurre muchas veces.