El gorrino más famoso de Galicia, con casi dos años, vive su retiro dorado en una finca de Carral como «sucursal de Sogama» para los residuos orgánicos vecinales
30 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Hace poco más de un año, concretamente el 27 de mayo del 2008, sabíamos por primera vez de las andanzas de un singular gorrino dumbriés. Por aquel entonces ya pesaba 80 kilos y apuntaba maneras para la farándula posando para un fotógrafo de La Voz.
Su propietario, Antonio Caramés, lo sacaba a pasear todos los días con la perra Tila por un monte cercano a la casa familiar. El puerco tenía las extraordinarias habilidades de revolcarse en el fango, caminar entre las plantaciones de maíz y comer el abundante grano que le proporcionaba su dueño. Además, parece que atisbaba algunos hábitos impropios de su especie, como atender a la llamada de su amo y obedecer algunas órdenes primarias como la de acostarse en el suelo.
Entonces se desató la euforia mediática y, como si del asesinato de Kennedy se tratase, empezaron a darse cita en Dumbría decenas de intrépidos reporteros dispuestos a descubrir el origen de tan magnas destrezas. Las cámaras de prácticamente todas las televisiones nacionales se apostaron alrededor del marrano en busca de su mejor perfil y de una explicación a ese fenómeno sobrenatural.
Al mismo tiempo, los vecinos de la zona, acostumbrados a las singularidades del medio rural, no perdían ocasión para burlarse del paletismo urbanita exhibido por el tropel de visitantes que acudían a la llamada del marrano. Nadie con una mínima experiencia agraria podía entender que el cerdo fuese distinto de cualquier otro criado en un ambiente familiar con atenciones diarias. Pero la pelota siguió creciendo.
Antonio anunció que, muy a su pesar, tendría que acabar sacrificando a Quinín porque «todos nacemos para morrer» y la finalidad del marrano no era otra que la de acabar en el congelador. Saltaron las alarmas. Dos redactores de La Voz, conmovidos por la historia cuasi humana del animal, lanzaron una iniciativa en Internet, a través de sus respectivos blogs, para lograr su indulto.
Al mismo tiempo, otros periodistas del medio, más de campo adentro, emprendieron una tímida cruzada a favor de su reconversión en chorizos. Los segundos tuvieron poco éxito y «Salvemos a Quinín» se convirtió en un lema que cruzó fronteras. Aun hoy, el mítico cerdo cuenta con más de 1.500 entradas en Google que atestiguan su relevancia en la red.
Una asociación catalana de defensa de los animales recogió el testigo y lanzó una campaña para librarlo del matarife. Enseguida apareció un benefector dispuesto a pagar una cantidad de dinero varias veces superior a su precio de mercado, y el animal obtuvo su retiro dorado, con todo tipo de lujos, en una finca de Carral.
Ahora está a punto de cumplir los dos años y, según cuenta su cuidador Pedro Castro, se ha convertido «nunha sucursal de Sogama» porque engulle los residuos orgánicos de medio vecindario. «Xa teño unhas bolsas penduradas na leira e sempre mas deixan cheas das cousas que sobran. Despois eu selecciónollas e el cómeas», cuenta el tutor del cerdo.
La fiebre por su presencia en Carral, lejos de decaer, como cabería esperar, se mantiene. Las visitas se suceden diariamente. Incluso el actual propietario ha acudido en un par de ocasiones a encontrarse con el gorrino en privado, porque mantiene la misma determinación del principio para permanecer en el anonimato.
Pedro Castro, sigue sorprendido con Quinín, «porque non se lle pode chamar porco, merece outro calificativo», y con la situación. «A min todo isto colleume de improvisto, porque ao primeiro pensei que sería unha broma dun par de días, pero vexo que non», comenta. Mientras, el cerdo más famoso de Galicia continúa con sus singulares costumbres, ajeno a todo revuelo externo y por encima de trivialidades humanas.