Continuo haciendo referencias a los actos festivos que marcaron el fin de semana. En mitad de escenas de troula, música y buen ambiente, me gustó ver al séquito de sacerdotes que oficiaron (y animaron) la misa solemne en honor a Santa Margarida de Muíño. Haciendo gala de un sano espíritu festivo y de la marcha, también sana, de la que siempre presumen, los párrocos acompañaron a los cientos de fieles que participaron en la tradicional romería de esta parroquia de Zas. Ofició la misa el mediático Desiree Kouakou Tanoh que tiene a sus feligreses encandilados. También estuvo Severino Suárez Blanco, párroco de San Francisco Javier de A Coruña, y que siempre que puede y su valioso tiempo se lo permite regresa a su tierra natal, Treos. Otro de los que no se quiso perder esta fiesta fue Alfonso Mera, un cura dinámico que también despierta mucha simpatía entre sus feligreses de Zas.
Me paso de una celebración religiosa a otra, algo más informal. Desde hace unos años hemos sido testigos de una transformación en los hábitos de vida de la gente mayor. Ahora, además de asistir a romerías y otras fiestas de guardar como la de Muíño, los jubilados participan en numerosas actividades en las que nunca hubiésemos imaginado a nuestros abuelos. Los concellos de la comarca se han tenido que poner al día en esta materia. Por eso, esta semana el alcalde de Malpica, José Ramón Varela Rey, ha entregado los diplomas a un grupo de mujeres del municipio que participaron en una de estas iniciativas que alegran el alma. Enhorabuena a estas chicas de oro. Donaciones. Les voy a dar una noticia que les va a sorprender. Galeno de Pérgamo e Hipócrates de Cos pernoctan desde esta semana en la Fundación Fernando Blanco. Esto es gracias a la donación de dos bustos que el vecino Eduardo Madriñán, Lalo, ha dado al museo ceense. Cuenta la historia que estas piezas formaban parte de la decoración de la farmacia del Instituto de la Fundación que, tras el estallido del conflicto entre nuestro país y el cubano a los albaceas no les quedo más remedio que cerrar la botica. Lalo narra que fueron un regalo a su abuelo, Alejandro Madriñán, por parte de un apoderado de la fundación. Nunca mejor dicho, «más se perdió en Cuba», pero lo importante es que han vuelto y ya se encuentran con nosotros.