Las malas costumbres

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

07 jul 2007 . Actualizado a las 07:00 h.

SI LAS personas fueran civilizadas no harían falta leyes. Es más, si todos nos comportásemos como es debido hasta es posible que no nos achicharrasen a multas, amonestaciones y cosas similares. Pero es que hacen falta. El viernes un hombre minusválido se volvía loco en A Langosteira para poder meterse en su coche, bien aparcado en la plaza reservada, encuadrada en amarillo y con el anagrama bien clarito. Lo tenía difícil porque al lado aparcó otro coche, bien pegado, que le imposibilitaba abrir la puerta y moverse con las muletas. El de al lado, claro, no era el coche de ningún minusválido. A dos metros, en una plaza donde pone bien claro que está destinada a ambulancias, aparcó otro. Tal vez sean ciegos. Pero es que al día siguiente eran tres los coches que se alineaban en la plaza para minusválidos de A Langosteira, y eso que había sitio de sobra. Pero ninguno como ese, a pie de playa. Tres, y ninguno de minusválidos. Al fondo, claro, seguía ocupada la plaza para la ambulancia por otro veraneante. Lo lógico sería que los adultos al volante, haciendo uso del sentido común, dejasen esos lugares libres. Pero no. Por eso es tan necesario que los agente se apliquen. Ojalá se encuentren sus coches achicharrados a multas, forrados de papelitos que los hagan sudar. Pero es que el caso de A Langosteira no es ninguna excepción. En general, el respeto que se demuestra por las infraestructuras destinadas a personas con problemas de movilidad es nulo en la Costa da Morte. Tal vez porque aquí, a diferencia de las ciudades, aún se mira para otro lado a la hora de sacar el libro de las multas. Bastantes problemas tienen quienes no pueden moverse con facilidad por un mundo diseñado para gente sin problemas. Por eso, aunque es una pena decirlo, sigue haciendo falta que papá Estado castigue a sus hijos díscolos. Y en este caso con todo el rigor que sea posible.