ARA SOLIS | O |
03 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.PARECE SER que la costa gallega, con Fisterra por bandera, será una de las cuatro opciones que presente España para conseguir la distinción, en alguna de ellas, de patrimonio cultural europeo. Lo que cabe preguntarse es si el jurado encargado de juzgar las virtudes de la tierra tiene pensado visitarla. Y si es así, habrá que ir pensando una estrategia para que no se fijen en los desaguisados del progreso. Y no me refiero a los hórreos techados con uralita, moda de los setenta y ochenta, aquellos años rebeldes, sino a lo que se está haciendo ahora, al cemento más fresco. Una opción es llevar a los encargados de decidir la distinción con una capucha negra estilo patíbulo en determinados momentos. Otra pasa por meterlos en una furgoneta del pescado, y sacarlos sólo en los momentos oportunos. También es posible afrontar la situación a peito y dejarlos que miren. El veredicto puede ser positivo, pero seguro que habrá una buena ristra de peros en las conclusiones finales. Porque es cierto que la Costa da Morte es uno de los lugares más atractivos de Galicia, pero no es menos cierto que para apreciar esa belleza es mejor hacerlo desde el mar o incluso en avioneta, porque cada vez menos la zona aguanta un análisis en detalle. Seguramente hoy en día aún podamos aprobar el examen, pero está claro que, con baremos estéticos, cada día tenemos peor nota. La Costa da Morte tiene el encanto de ser una zona de una gran belleza salpicada de adefesios, y tiende a convertirse en un gran adefesio salpicado de lagunas de belleza. Sobre ello alertan los urbanistas, los arquitectos y los que tienen ojos en la cara y algo de sentido común. Los que no vean el deterioro al que está sometida la comarca es porque llevan demasiado tiempo sin darse una vuelta más allá de sus fronteras. Aún estamos en condiciones de recibir la distinción europea, pero poco tiempo queda.