ARA SOLIS | O |
01 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.HAGAN LA prueba. Salgan un día de casa y empiecen a contar los carteles de se vende. Verán como se llevan una sorpresa. Vayan a darse un paseo por las aldeas de su municipio, sobre todo si no están muy lejos del mar, y notarán que algo está pasando. Casi parece que la Costa da Morte se ha convertido en una tienda en liquidación, de estos negocios que van mal y quieren acabar con las existencias antes de echar el cierre. Eso parece hasta que uno llama por teléfono y pregunta. La gente se ha vuelto suspicaz. Quien más y quien menos pretende sacarle al ferrado el precio que pagan en Manhattan. Y es lógico que así sea porque hasta ahora el desarrollo urbanístico se ha basado en un grupo de avispados empresarios -o simplemente de avispados- que han comprado suelo barato para venderlo caro. Por eso quien tenga una esquina con vistas ya no cae tan fácilmente. Lo malo es que ahora la tortilla se va dando la vuelta. Los que ya compraron campos de grelos con la excusa de plantar coles y acabaron sembrando adosados saben que cada día es más difícil repetir la jugada. Lo que hay que preguntarse es por qué hay tanta gente deshaciéndose de sus tierras. Si la Costa da Morte diera trabajo, si fuera un lugar deseado para vivir, habría menos carteles. Pero hay demasiada gente sin trabajo, sin medios. ¿Para qué mantener la casa del abuelo si puedo liquidarla por sus buenos euros y marcharme a Canarias con la cartera llena? En otras zonas más deseadas que la Costa da Morte abundan menos los carteles. Y aunque parezca imposible, hay personas en otras latitudes que, sencillamente, no venden. Cuando aquí haya medios de vida suficientes, sueldos decentes, posibilidades de empleo, muchos se lo pensarán dos veces antes de clavar la estaca con el se vende. ¿Para que deshacerse de lo propio si se puede vivir bien? Ese es el objetivo.