ARA SOLIS | O |

31 ene 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

EN ESTA época del correo electrónico, de los teléfonos móviles, de las prisas y de la comunicación al ritmo de la velocidad de la luz que marca Internet, se han perdido el romanticismo. ¿Quién se acuerda del sabor de los sellos al estamparlos en una carta? ¿De revisar las letras con cariño antes de meterlas en un sobre a golpe de lengüetazo, que recorrerá medio mundo en vespas de distintos carteros? Poco pervive ya de ese romanticismo irremediable de las cartas. Aquellas letras no eran sólo ceros y unos descompuestos y recompuestos por programas informáticos y catapultados por un frío cable de fibra óptica. No. Eran parte de uno, de su alma. Por eso es bueno que estos días los alcaldes se afanen por viajar a Argentina a visitar a los suyos, animándolos a mandar cartas. Cierto es que poco romanticismo hay en las misivas, pero menos es nada, y más duro y triste debe ser votar por Internet. Así, al menos, el jubilado en la diáspora se cepilla gratis una cena a base de churrasco y empanada y saluda en persona al candidato de turno mientras mete el sobre en el saco. Las únicas cartas que se echan hoy en día al correo son las que van a destinadas a participar en concursos y sorteos. Un sueldo gratis para toda la vida todavía requiere su sello. Coches, pagas extra y chalés en Benidorm se siguen pidiendo con timbre postal. Y por eso está bien que con esos mensajes cargados de ilusiones viajen también los votos de los emigrados. Porque esos votos están también cargados de ilusiones y esperanzas, las de los políticos que se dan la paliza de recorrer las peligrosas calles bonaerenses para hacerse con el cetro de mando. Cuantas más cartas mande, más posibilidades tiene de ganar, parece el lema de la campaña. La del Real Madrid salió trucha, pero nadie duda de la honestidad y del buen hacer de quienes van a ayudar a sus compatriotas en la diáspora antes de las elecciones.