ARA SOLIS | O |

23 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

ESTOY HARTA de los conductores borrachos. De los que pillan en los controles de alcoholemia y, sobre todo, de los que no son interceptados por las fuerzas de seguridad y llegan a sus casas -en el mejor de los casos- mofándose de su «heroicidad» o matan a cualquiera que a la misma hora circula por la misma carretera que ellos. Estoy harta de que los borrachos sean reincidentes y de que, como ocurrió ayer de madrugada en Carballo, intenten volver a coger el volante aún cuando saben que no están en condiciones. Me saca de mis casillas que destrocen el mobiliario urbano empotrando sus vehículos y que con los efluvios del alcohol se crean que la AC-552 es una pista de carreras. Odio que les dé igual que les saquen puntos del carné, que les pongan una multa de las que quitan el hipo o que reparar el coche les cueste el sueldo de varios meses. Estoy harta de que los niñatos -y otros no tan jóvenes pero sí niñatos- beban y se pongan delante del volante. De que sus padres lo consientan y de que sus amigotes los animen a hacer animaladas en la carretera. Harta de leer esquelas de menores de 25 años, de la excusa de que sólo han tomado un par de cervezas y de que se criminalice a los que hacen su trabajo y a pie de arcén les hacen soplar para demostrar que deberían estar en la cama en vez de la carretera. Lo que más me molesta es que digan que por una copa no importa, que se escuden en estas fechas para ponerse como piojos y que prefieran jugar con la vida de los demás antes de pagar un taxi o llamar a casa para que los recojan. Estoy harta de que en estas fechas siempre falte alguien en casa porque se haya matado a bordo de cualquier vehículo. Y de que la Navidad no sea tan feliz porque todavía hay imprudentes que no entiendan que el alcohol y el volante no son compatibles.