ARA SOLIS | O |

15 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

APRENDÍ a sumar con botones de colores y a leer con un enorme juego de letras azules que la profe extendía en el suelo del aula para que formásemos palabras. Entendí las leyes de Mendel cuando la responsable de la clase de Biología nos hizo plantar guisantes lisos y rugosos y en mi cabeza quedaron fijados para siempre la diferencia entre hoja caduca y perenne cuando nos llevaron al campo de excursión. Entender las mareas fue cosa de un viaje a la playa y la formación de células sólo lo comprendí cuando en el hospital nos pusieron delante de un microscopio y un médico -el nombre sí que no lo retuve- fue uniendo piezas de plástico en forma de vacuolas, centriolos y ribosomas. Los países y capitales fui recordándolos a medida que nos hacían leer la sección de internacional del periódico y la historia de España con unos documentales que el profesor comentaba con chascarrillos para hacernos entender quién era quién y qué papel jugó antes de nuestra llegada al mundo. Quiero decir que hoy en día sólo recuerdo bien aquello que aprendí divirtiéndome. Ignoro, por ejemplo, cómo se resolvía un logaritmo o para qué servían las ecuaciones. Por más que lo intento soy incapaz de recordar los pasos para descifrar una raíz cuadrada y la lista de los reyes Godos, si alguna vez la supe, está ya en lo más profundo de mi cerebro. Por eso me gusta que los profesores saquen a los chavales al campo, que les enseñen en directo lo que están cansados de ver en los libros y que puedan tocar los dólmenes, los petroglifos, los árboles o los bichos que tanto asco nos dan a veces. Lo malo es que los docentes son cada vez más reacios a dar las clases al aire libre, en ocasiones porque son los propios padres los que se niegan, o ponen el grito en el cielo si el chaval tropieza y se abre la rodilla. Y quizás esa sea la única forma de que aprenda la coagulación.?