El «Prestige»

| EDUARDO EIROA |

CARBALLO

HACE CASI cuatro años un petrolero herido acariciaba la costa de Muxía. Algunos lo vimos con nuestros propios ojos, a pocos metros de aquella grieta abierta en un costado, portadora de malos augurios, y seguimos la estela kilométrica de fuel brillante, la sangre del monstruo herido. Aquella sustancia negra, densa y olorosa que se extendió generosamente por la Costa da Morte es parte del pasado. Lo que queda pegado a las rocas tiene características de fósil. Fósiles son también las expresiones tan repetidas entonces: las mareas negras numeradas en orden de aparición, las famosas galletas, el «jalipote». El mismo nombre del barco se va convirtiendo ya en una palabra fosilizada, como le ocurrió al Casón. La mención del petrolero evoca en la memoria ajetreo de voluntarios embadurnados, lonjas llenas de gente, de voces lamentándose en distintos idiomas cuyo eco ya se va apagando.