La democracia es el menos malo de los sistemas políticos. Es imperfecta. Y siendo así, los partidos deberían poner su primer esfuerzo en salvar sus deficiencias. En la práctica, ni caso. Al contrario, no tienen reparo en acentuarlas. Y uno de los casos más sangrantes es el doble rasero en el reparto de las inversiones y de las cargas. Por ejemplo, las medioambientales. Si una piscifactoría es imposible en Touriñán, no se entiende por qué otra sí puede destruir por completo el cabo Vilán. O también: ¿es que el paisaje de Arou desmerece al de Moreira? La justicia es el lustre con el que los políticos pueden hacer brillar sus historiales. Los cargos públicos deben tomar decisiones justas, no dar respuestas a intereses de grupo. La comunidad debe estar por encima del partido, que sólo es un instrumento de la democracia. Aunque, cuando el poder es el único objetivo, lo demás es predicar en el desierto.