ARA SOLIS | O |

25 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

HACIA AÑOS que no recibía una carta. De las de verdad, quiero decir, porque de las del banco y de publicidad me llegan a diario más de las que desearía. Pero ayer encontré en mi buzón una misiva de las de antaño, un sobre gordo repleto de folios escritos a mano. Con sello de los de pasar por la lengua y no de esos tan impersonales que se pegan solos. Una carta en la que me contaban algo y me recordaban muchas cosas. Una carta que me enviaba alguien que tranquilamente podría haberme escrito un correo electrónico o que podría haberme llamado al móvil. Pero optó por escribirme una carta de verdad y me hizo feliz. Cuando la hube leído y releído volví a mirar el sobre y descubrí que mi cartero merecería protagonizar un cómic de superhéroes. No sé cómo lo hizo, pero fue capaz de descifrar la endiablada letra del remitente. El mismo al que en más de una ocasión le suspendieron en la facultad porque, según los profesores, su escritura estaba «poseída por el demonio». Ignoro cómo el empleado de Correos entendió la dirección y a quién iba dirigida, y todavía me pregunto cómo fue capaz de acertar con el piso, porque éste no consta en el buzón y el del sobre, francamente, parecía cualquier cosa menos un número. Pero mi cartero, con ese don que también tienen los farmacéuticos de entender letras ajenas, acertó. Pleno al quince. Lástima que Correos no contrate a más gente como mi cartero. Quizás así conseguiría que todas las cartas lleguen a sus destinos. Sobre todo las de algunas parroquias de la Costa da Morte, que se pudren en alguna oficina a la espera de que alguien se anime a entregarlas. Si todos los carteros trabajasen como el mío, los lugareños no se cansarían de esperar documentos importantes y seguro que más de uno se animaba a escribir una carta de verdad, con muchos folios y una letra endiablada en el sobre.