ARA SOLIS | O |
02 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.EL SÁBADO por la noche me quedé sin gasolina en la autopista. Por no hacerle caso al coche y a su piloto insistente de reserva. Por pensar que el depósito se llenaba por generación espontánea. Por idiota. Y para rematar mi estupidez, una vez que se resolvió el problema, me dejé en la cuneta el triángulo de emergencia. Durante el tiempo que esperé hasta ser rescatada -alrededor de 40 minutos- me di cuenta de varias cosas, además de que era rematadamente idiota. La primera es que el arcén de la AG-55 es tan estrecho que es imposible aparcar el coche sin que un pedazo del vehículo invada uno de los carriles, con el consecuente peligro que ello supone tanto para el que está parado, como para los otros conductores que circulan por la autopista. La segunda cosa que descubrí es que aunque hubiese querido protegerme en la cuneta, detrás del quitamiedos, hubiese sido imposible, porque hay tanta maleza y tan poca luz que es muy difícil saber dónde estás metiendo los pies. Así, opté por quedarme en el coche, ponerme el cinturón de seguridad y rezar porque no me llevase por delante algún loco del volante. Mi tercera conclusión del día fue que los conductores que a esa hora (once y media de la noche) pasaron por allí eran una panda de insolidarios. No sólo no pararon, sino que no llamaron a los servicios de emergencia -allí no apareció nadie-, y ni siquiera redujeron la velocidad al pasar por mi lado. Afortunadamente, mi noche acabó también con una idea positiva: Hay amigos a los que puedes llamar a cualquier hora y con cualquier problema, porque, como los míos, acudirán raudos y veloces con un embudo y una garrafa de combustible. Sin reproches. Y todo esto compensa que yo me sienta completamente idiota. Por cierto, ellos también recuperaron mi triángulo. Gracias.