Mensajes

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

25 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

AQUÍ, A la izquierda, si tiene la bondad, se cuenta la historia del mensaje que llegó en una botella desde Florida. Uno más, en tantos años. A saber en cuántas calas, en qué cuevas de los acantilados de la comarca dormirán botellas que seguramente queden en el olvido para siempre, o se rompan, o sean devueltas con el mar hacia otras latitudes. Los mensajes siempre han tenido ese halo de misterio y romanticismo -que normalmente se ventila en una conversación de taberna, tampoco hay que ponerse trascendente- del que incluso nos aprovechábamos algunos, cuando más niños, en la época de las crecidas de los ríos. Un rego con buenas lluvias era un mar, y más de una vez una botella vacía de Fundador se escapó corriente abajo con un ridículo papel en su interior. Si alguien la encontraba en la siguiente parroquia, pese a que nuestra ilusión era la desembocadura del río Grande -y ya puestos, cruzar el mar hacia Argentina- pues se lograba una gesta, aunque lo más habitual era que acabase en un herbal , modalidad residuo inorgánico. Como ya han pasado muchos años y la falta de urbanismo ha prescrito, por eso lo cuento. En un mundo en el que la tecnificación nos abraza y abrasa, en el que podemos chatear o mandar emails en tiempo real con alguien al otro lado del mundo, o incluso fuera, si está en la Estación Espacial (no suele), la aparición de este tipo de mensajes nos humaniza las noticias de la vida, nos devuelve unos minutos a las ilusiones antiguas, la emoción del hallazgo, las de toda la vida. Aunque para responder al emisor conectes la webcam y le hables a los ojos de la lente. Los casos son más, no muchos, pero más. Esa paloma mensajera que hace unas semanas posó sus alas en una casa de Muxía por unos días, como para repostar y cruzar unas palabras con los vecinos. Fijándose uno bien, hay mensajes casi a diario día para enternecerse, aunque hay que saber leerlos.