Marcha hacia la Armada

ALEJANDRO LAMAS COSTA

CARBALLO

S. G.

HISTORIAS DE CORCUBIÓN | O |

04 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

FRAY ROMERO, muy alterado por la noticia de la caída de Ponte Olveira, no sabía qué hacer, planteándose la duda de regresar a Corcubión o esperar en Chacín la llegada del ejército. Al final optó por despachar un correo urgente a Corcubión para prevenir a la Junta y, con la ayuda de un guía, ya de noche y en medio de una copiosa lluvia, encaminarse al campamento de Paizás para alertar al general Lapido de lo que estaba sucediendo. En el camino coincidieron con varios guerrilleros que habían capturado a cinco jinetes galos, enviaron a los prisioneros a Corcubión y ordenaron a los guerrilleros que fueran de inmediato a avisar a la gente de las cercanías para que se congregasen en el cuartel de Paizás. Fray Romero a lomos de un caballo y Mr. Thruston en una yegua, marcharon al galope hacia el campamento. A la una de madrugada, exhaustos, llegaron al cuartel de Lapido y le informaron de lo que estaba ocurriendo. El servicio de espionaje de Lapido y Pizpieiro era tan precario que nada sabían del ejército invasor. Únicamente, por la información del padre Romero, conocieron que acampara en Ponte Olveira tras haber cruzado el puente y vencer sin dificultad la defensa guerrillera. Al llegar a Paizás y comprobar el absoluto desbarajuste en la organización del campamento, Romero se encolerizó, recriminando muy duramente a Lapido; a lo que éste le contestó: «Todos, o los más de los paisanos que componen la alarma, y que a la hora de tomar la ración están listos, ahora que se necesitan, no aparecen». A pesar de todo, los guerrilleros fueron juntándose con relativa rapidez y se les dio rancho. Baíñas A las cuatro de la madrugada del 13 de abril se levantó el campamento y se encaminaron hacia Baíñas, en donde, según la orden cursada, se uniría la tropa del segundo general Pizpieiro. Reagrupado todo el ejército en Baíñas, se decide repartir la munición, pero los carros que debían traerla venían únicamente cargados de víveres. Lapido ordenó que se descargaran cinco carros y que volvieran al campamento de Paizás para traer la munición que había quedado allí, mientras tanto, se repartieron las de unos cuantos barriles que portaban las mulas. Finalmente se pusieron en movimiento, organizándose en tres columnas. A la cabeza de cada una de ellas marchaban los que portaban armas de fuego; cerrándolas, la guerrilla con chuzos, picos y otros artefactos. Por el camino que de Baíñas lleva a Ponte Olveira caminaba la columna de la izquierda mandada por el general Lapido; a su retaguardia, dirigidos por Pizpieiro, iban los carros con la artillería y las provisiones. Por las cimas que de Baíñas alcanzan Hospital, avanzaba la columna de la derecha encabezada por Andrés Caamaño, escoltado por dos frailes franciscanos ataviados con ropa militar, fray José Verjano y fray Juan Pérez. El padre Romero y el oficial inglés Mr. Thruston capitaneaban la del centro. Ponte Olveira Caminaban sin perderse de vista por si fuera necesario socorrerse entre sí, pero cuando llegaron a Ponte Olveira no encontraron a nadie, solamente cadáveres y destrucción. Los enemigos, antes del amanecer, ya se habían dirigido hacia Corcubión. Tomaron este camino, aunque a la artillería le fue imposible avanzar por la dificultad del terreno, viéndose obligada a retroceder a Baíñas. Cuando las tres formaciones alcanzaron Hospital decidieron hacer una parada y, mientras se avituallaba a la tropa, se aprovechó para acordar la estrategia a seguir. Pizpieiro se negaba a avanzar sin la artillería, pero fray Romero y el oficial inglés urgieron para que el ejército se pusiera en movimiento, sin pérdida de tiempo, para poder tomar las colinas cuanto antes «porque si los franceses tomaron Corcubión, decían, lo que no dejaría de suceder, lo abrasan y saquean, y debemos volar en su socorro; y si no pudieron entrar, lo que Dios quiera haya sucedido, volverán rabiosos por este camino, y no teniendo en donde parapetarnos en estos bajos, nos matarán como cochinos». Tomaron entonces la decisión de avanzar organizados en columnas, a la cabeza Mr. Thruston y el general Caamaño, que no pararon hasta alcanzar las cimas. Fray Romero y Lapido, con sus hombres, ascendieron por la izquierda para impedir el ataque por esta parte. Pizpieiro se quedó en la retaguardia con los más viejos para evitar que ninguno se rezagase. A las cuatro de la tarde del día 13 de abril ocuparon la cima del monte de la Armada y, atónitos, contemplaron dos impresionantes columnas de humo que procedían de los incendios de Corcubión y Cee.