TERRA E XENTE | O |
25 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.DÍAS PASADOS acudimos varios amigos al bar Bastián, en A Ponte, a dar cuenta de una suculenta centollada y un bacalao que estaba para chuparse los dedos. Ya no es necesario salir fuera de Carballo a comer el rico pescado, porque en este establecimiento, además de cocinarlo muy bien la patrona, el precio está al alcance del bolsillo más débil. Es en estas reuniones pantagruélicas donde, aparte de la calidad y el gusto de las viandas, uno más disfruta de la sobremesa. El momento feliz que proviene después de la enchenta lleva a los comensales a dar rienda suelta a sus aptitudes. A muchos se les da por cantar, a otros por discutir de fútbol, algunos se lían contando chistes verdes y otros, en fin, se solazan narrando historias que, aunque parezcan mentira, a veces contienen visos de realidad. Una de éstas, no sé si por lo macabro o por lo esotérico de su contenido, despertó mi curiosidad. Contaba Arturo Montero, uno de los epulones, que hallándose en Corme haciendo unos trabajos por cuenta de Fenosa, empresa a la que pertenecía, le escuchó a unos vecinos un relato sobre un caso tan sorprendente que llegó a ser durante años la comidilla de los lugareños. Explicaba el ex boxeador que habiendo fallecido en Corme un personaje muy conocido en la villa, se procedió a colocarlo en el ataúd para luego velarlo como era de costumbre. Dado que el difunto tenía un yerno que andaba embarcado, hubo que esperar a que viniese para que pudiese ver a su suegro en cuerpo presente. Allá por la madrugada, proseguía la historia, cuando las horas hacen mella y la gente está harta de hablar, una de las mujeres que velaban al muerto le dice a otra: «María, moito me gustan as papas de millo». En ese instante, el cataléptico no andó , como Lázaro, pero, incorporándose en la caja, contesta: «A min tamén». Las pobres mujeres, según el relato, huyeron como alma en pena gritando: ¡Milagro!