ARA SOLIS | O |

17 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

JORGE pronto cumplirá tres años y está en esa edad en la que todavía no se decide entre jugar con camiones o a las cocinitas, así que lo mezcla todo y es capaz de hacerte un plato de pulpo - pumpo , para él- en la parte trasera de un tráiler y empeñarse en que te lo comas a cucharadas. Ha empezado a hablar con soltura y su primera pregunta -curiosidad innata- es siempre un escueto, para vergüenza de sus padres, «¿tú tienes pirindola?» Eso fue precisamente lo que le preguntó a todo cuanto se encontró el jueves en el área recreativa de Gabenlle y resuelta su curiosidad se empeñó en tirarle piedras a unas truchas imaginarias que sólo él era capaz de ver en el fondo del Anllóns. Se lo pasó en grande. Disfrutó de los columpios, de la comida al aire libre y de las risas de los vecinos de mesa cada vez que se acercaba a espetarles la pregunta del millón -sobra decir que obtuvo todo tipo de respuestas, a cada cual más disparatada-. Disfrutó incluso del largo paseo que compartió con sus padres por la senda casi recién estrenada. Le gustó la madera, y los árboles y el molino en el que, según Jorge, viven un perro, un gato, un pollo azul -en el color insistió mucho-, dos patos y una oveja pequeñita a la que no le gusta comer hierba -qué hace allí esa extraña pandilla es todavía una incógnita-. Le gustó el río, en el que se empeñó en meterse más de una vez y le gustó, mucho, una lagarteja , que divisó entre las plantas de la zona. Lo que no le gustó nada fue encontrarse, después de un rato caminando feliz, con que el paseo de madera estaba «todo roto». No le gustó que lo hubiesen destrozado unos gamberros y mucho menos darse cuenta de que habían utilizado una excavadora como la que tiene él en casa. Y menos gracia le hizo saber que los «malos» no estaban todavía «atados en la cárcel». A los mayores que iban con él, tampoco.