ARA SOLIS | O |
05 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.HAY VARIAS cosas que me producen una incalculable ternura. Una son los niños -los pequeños, sobre todo cuando son los hijos de otros-, quizás porque en el fondo todavía me siento un poco identificada con ellos y me hacen mucha gracia sus razonamientos. Otra son las personas mayores, tal vez porque me doy cuenta de que algún día seré como ellos y, coincidencia, también me hacen mucha gracia la picardía de muchas de sus conclusiones. Me hace gracia que en ocasiones niños y mayores se comporten exactamente igual y cuando están juntos consiguen arrancarme carcajadas. Hace unos días, por ejemplo, me crucé en unos grandes almacenes con dos señoras que, seguro, estaban muy cerca de los 70. Una de ellas llevaba de la mano a un pequeño de unos doce años que, deduje, debía de ser su nieto. Para desesperación del niño, ambas curioseaban en la sección de ropa de fiesta y de vez en cuando descolgaban una prenda y se la colocaban delante. «¿Como a ves?», le preguntó una a la otra enseñándole una blusa. «Paréceme bonita, gústanme as lentejuelas , pero é un pouco atrevida», le contestó la amiga sin perder de vista a su nieto. Y así siguieron un rato, sin hacer caso al pequeño, que insistía en acercarse a la planta de los videojuegos. Casi cuando estaban a punto de ceder a la petición del niño, una de ellas encontró la prenda estrella, un top negro con pequeños lunares blancos y una enorme flor roja a la altura de la cadera. Repitió la operación de ponérsela por delante e hizo la pregunta del millón: «¿Cres que esta é moi atrevida para o baile do sábado?» «Non sei -respondió la compañera-, pero con esta seguro que te sacan a bailar». El debate hubiese seguido de no ser por la conclusión del nieto: «Levaa, muller, levaa, que así fijo que ligas». Y los tres acabaron en la caja. Lástima no haber averiguado dónde será el baile.